domingo, 23 de marzo de 2014

Los tratantes. El mundo ganadero a los ojos de un niño

Quizás muchos de nosotros no los haya visto ó no se haya fijado en ellos. En las ferias de ganado de nuestros pueblos destacan por llevar un mandilon amplio, azul ó negro. Es lo que los identifica sobre los atuendos y vestimentas mas ó menos rústicas del resto de la gente.

Gran parte llevan años ejerciendo esa actividad. Lo conocen todo sobre ella. Pasean, miran, hablan con unos y con otros, y cuando algo les interesa despliegan sus armas, que no son otras que la palabra medida, el regateo del ganadero que empodera  las reses, sobrevalorándolas, y la actitud de nuestro hombre quitándoles meritos. Al final, si los dos se entienden, el ganado cambia de dueño, tras un apretón de manos. Esa es la mayor garantía que se puede ofrecer. A su alrededor siempre se forma un corro de curiosos observando el trato, no se suele intervenir a no ser ofreciendo sus consejos para doblegar la voluntad de uno u otro. Que uno ceda de su pretensión, o que el otro aumente lo que ofrece. Todo esta calculado, y se sabe hasta dónde puede uno llegar. Hay una figura que antes era muy respetada, que era la del “terciador”. Solían ser hombres mayores que intervenían como lo hacen los actuales mediadores políticos. Cuando el trato se atascaba, su consejo se escuchaba con respeto. Al final, se juntaban las manos, los tres pares, y eso significaba que el trato quedaba cerrado.


 La “robla” en el bar cercano, alrededor de unos vinos ó sidra significaba el acuerdo satisfactorio para todos.Cuantos viajes con mi abuelo, al Mercaín de Caleao, después de levantarnos  casi de noche, Ya humeaba el café bien temprano en la cocina, anticipando el rito. Mi abuela nos preparaba unos torreznos de pan, para que el almuerzo aguantase el hambre si el día se nos alargaba.  Mientras, en la cuadra se preparaban los animales que íbamos a llevar, y salíamos de casa siguiendo los caminos que las golondrinas madrugadoras nos marcaban. Las vacas iban confiadas, parsimoniosas. Lo más probable era que no volvieran a recorrer esos mismos senderos, pero mientras tanto nuestros corazones iban al ritmo de sus pasos.

Al  tiempo ya llegamos al prado donde se celebraba la feria, el mugir de los animales, nerviosos e intranquilos, porque a muchos les habían quitado las crías, se confundía con las voces e imprecaciones de los aldeanos y el ruido de tractores descargando terneros y ovejas. También llevaban cerdos. Los hombres del mandilón negro iban de un lado a otro observando el “genero” en una primera inspección. Todos, sin excepción, llevaban una vara larga de avellano. La usaban para apartar animales, o darles encima del lomo para moverlos. Yo miraba aquel mundo nuevo para mí con los sorprendidos ojos de un niño en un mundo de mayores. Eso me hacía sentirme hombre adulto y también llevaba mi vara.
Al poco el prado de la feria era un mar de animales y de hombres, alguna, pocas mujeres, las mas para ayudar a conducir las reses al mercado. De cuando en cuando me pasaban la mano por la cabeza como señal de afecto, y en otra ocasión que me requirieron por mi nombre, me susurro al oído que lo dijera despacio, pues  me dijo que no pueden gritar el nombre de los críos para que no se lo aprendan las culebras. Eso a mí me sorprendió mucho.
Al cabo de un tiempo vi volver  a mi abuelo con las cuerdas de los cabezales en la mano, como único recuerdo de las dos vacas que llevamos. Supe que ya no volvería a ver a la Mariella y la Galana, y sentí  pena. Pase rápido la mano por los ojos para que nadie notase las lágrimas que también querían despedirse de las vacas. Me soné con el pañuelo, y puse el disfraz de hombre.
Mi abuelo me cogió de la mano y nos dirigimos al cercano bar con la barra llena de clientes, me miró y me dijo : Cuando vendas, vende bien. Y nunca te olvides de devolver a casa la cuerda con que trajiste la vaca. Las vacas son así, cuando el sol se muere en la memoria, siempre vuelven a que las ates en el pesebre de tu corazón.

El camino de vuelta a casa, lo hicimos realizando dos o tres paradas en las ventas que íbamos encontrando por el camino. Mi abuelo, parecía contento, quizás ayudaban los vinos y las rondas que tomaba en la compañía de los que como él  habían bajado a la feria. Yo no tenía sed, pero me invitaba a refrescos y golosinas. Aunque estaba cansado, me sentía bien en un mundo de “hombres”.
Al llegar a casa, lo primero que hicimos fue colgar en la cuadra las cuerdas con que llevamos amarradas las vacas. Las dejamos en los pesebres, ahora vacios, como preguntando donde estaban las que faltaban.
Mientras mi abuela nos llamaba a voces con la cena puesta en el escaño, frente al fuego.
Es triste y estéril hacer alabanza del pasado, pero cuando no se entienda nada de esto, será tarde, quizás demasiado tarde.


sábado, 1 de febrero de 2014

El alimañero

Antes, las cosas eran diferentes. Yo, era un Dios. Se me quería, se me respetaba. Yo intervenía en la naturaleza. Ella y yo éramos una misma cosa. La vida de los que nos dedicábamos a cazar alimañas era muy dura. Salías de noche de casa, no importaba el tiempo que hiciera. Atravesabas terrenos difíciles, incluso peligrosos a la caza de la pieza que se resistía a dejarse ver. Pero yo sabía perfectamente ir tras ella,
 y era tenaz lo que fuera necesario.
                                                    Carnet de alimañero

Aquella mañana de primavera subí temprano al monte Contorgan. El lago Ubales mostraba su serena belleza solo interrumpida por la brisa que movía con diminutas espirales las tranquilas aguas del pequeño lago. A lo lejos saltó nervioso un rebeco. Lo deje ir. No era mi pieza. Traspasada la collada se extendía ante mí una sucesión de paisajes donde los árboles y praderías parecían no tener fin. Justo debajo del Torres las cabañas de la majada de los Moyones señalaban que allí en algún momento hubo vida. Ahora con el otoño avanzado y la nieve dando señales de su presencia, los últimos pastores habían bajado con el ganado a los pueblos cercanos. Solo el cazador y el paisaje habitaban aquellos parajes, aunque en los más escondidos rincones muchos ojos de todos los tamaños estaban posando su mirada sobre él. Después de observar el sentido de la suave brisa que movía perezosa el humo del tosco cigarrillo que transitaba por mis labios, hasta acabar retorcido, pisado por las botas de goma entre la hierba. Avancé despacio, ahora todo tenía que ser sigiloso, sin ruidos. Poco a poco fui trasponiendo un pequeño cerro, acercándome a una montaña rocosa en cuya ladera corría un humilde riachuelo de saltarinas aguas. Pise con cuidado y lo traspuse. Una gran haya con una cohorte de acebos, formaba un espacio singular. En el medio, un pequeño prado parecía ofrecer la jugosa hierba a todos los animales que quisieran disfrutarla. Era realmente un sitio precioso. Buen lugar, para cuando te llegue la hora, reposar eternamente, pensé. Pero yo había ido allí a algo, y mi atención tenía que ser solamente esa. En una oquedad de la roca, la hierba estaba pisada, había incluso restos de algún hueso. Era claramente la guarida de un animal y seguro que la estaba usando. Podía percibir el olor agrio y montés de la alimaña. Lancé una rama a la cueva, y esperé en silencio. Solo se escuchaban unos leves chillidos en su interior, intermitentes, como implorando algo, con miedo. Ahora, estaba seguro que la madre no estaba por allí, posiblemente estuviera cazando para alimentar a su prole. Me acerqué, saqué la vieja linterna de petaca y la luz penetró en la oscuridad. Cuatro pares de reflejos, devolvieron la amarilla luz de la candela, y por un momento todo se hizo silencio. Yo actué rápido, la madre loba podría volver en cualquier momento. Fui sacándolos de dos en dos, sintiendo los alfileres de sus colmillos tratar de herir mis manos. Al final, cuatro lobeznos fueron depositados en el zurrón que llevaba para ello. Rápidamente me aleje del lugar, ahora sabia que estando lejos de la cueva la loba no se atrevería a defender sus crías, pero si podría hacerlo
en el momento de cogerlas, y acelere el paso.
                                                                              Con un lobo cazado en Contorgan

 La casa de La Puentepiedra acoge ahora nuevos inquilinos que se muestran desconfiados en su nuevo hogar. Los deposité en unas jaulas que tengo precisamente para ellos. En alguna ocasión llevé algún lobo a ferias y mercados sacando buenos cuartos, por cierto. La mastina de casa, es muy buena y los mira con curiosidad, a veces me acompaña en mis incursiones, pero hace poco que parió dos perros y la dejo que los crie. Ahora, tendrá que mostrarse generosa y acoger cuatro bocas más, que seguro que lo hace, aunque habrá que aumentarle la ración. Esta es la vida que me gusta, pero cuando me llegue la hora, me gustaría reposar para siempre en estos montes, y que la gente se acuerde de mí.  De Domingo el de los llobos.

viernes, 31 de enero de 2014

Solo asi me cogereis

En las arcaicas comunidades rurales se practicó siempre la caza furtiva, principalmente por puros motivos de subsistencia. Las vacas y los cerdos tenían otros destinos y los animales salvajes abundaban. Cazadores expertísimos desarrollaban todas sus habilidades para burlar a los guardas. Hoy, con las modernas herramientas de detección invisibles, poco valen sus habilidades, totalmente inservibles ante los avances tecnológicos. Esta es la narración acaecida hace pocos meses de uno de esos lances.
La noche cubría espesa el hayedo. Nada mas se oía la sinfonía nocturna de los sonidos que solo el que acostumbra a deambular por esos lugares sabe interpretar. Naturaleza y hombre eran una misma cosa, la primera imponía sus normas y el segundo buscaba resquicios para aprovecharla.
Entre la hojarasca, algo se revolvía con furia. Se escuchaban los bufidos violentos del animal que le habían privado de libertad. El hombre se acercó con cautela. Sus ojos divisaron la pieza intentando zafarse de algo que le sujetaba la pierna. El lazo era resistente, y aguantaba los tirones, hasta que un fuerte golpe en la cabeza acabo con su vida. Después la hoja del cuchillo buscó el cuello y en pocos momentos el ritual de la caza había terminado. Con el jabalí al hombro, fue descendiendo por los intrincados senderos que adivinaba en la profunda oscuridad del monte. Muy pocos lo conocían como él. Estaba seguro que nadie iba a saber que había estado allí, y que había cazado. Era un cazador. El mejor cazador… furtivo. Los guardias forestales lo habían intentado todo para cogerle, pero había sido imposible. El monte era su casa, y lo conocía mejor que nadie. Estaba seguro que de igual a igual les seria impensable que diera un paso en falso. El adivinaba por donde estarían los bisoños guardas forestales, incluso les dejaba pistas falsas para alejarlos de su territorio, y siempre le funcionó esa estrategia. Quizás, si hubiese tenido que convivir en el duelo con sus antiguos compañeros de caza, luego convertidos en guardas, vista la incapacidad de luchar contra ellos por parte de la administración, la cosa no seria tan sencilla. Sabían las mismas estrategias que él, y seguían las mismas normas de acecho, aprendieron juntos unos de otros. Pero estos no. Solían ser chavales jóvenes, y con muy poca experiencia en la lucha contra el astuto cazador nativo. Una generación de cazadores ilegales, se aprovechó de que en aquel momento la guardería no disponía de agentes cualificados de montes, y de un plumazo acabó con el furtivismo, protagonizado por los que ahora eran flamantes guardas “legales” y de paso incorporó gentes con una experiencia de campo, que no de academia, sin parangón. Una jugada perfecta. Hoy, ya no queda nadie de aquella época, y si quedan están jubilados. Pero si cazadores curtidos, lugareños para los que el monte es su segunda casa, que llevan en los genes la aventura de cazar solos. Como mucho, la noche es la única compañía que aceptan. Lo hacen porque la caza es la emoción máxima con la que disfrutan, dejando aparte algún caso de beneficio económico, que también existe. Como el escalador, que se enfrenta a la cumbre de alguna peligrosa montaña, aún a sabiendas de que puede costarle la vida el reto. Son razones que solo estas personas pueden entender. Nuestro hombre, unos días después de esta aventura, descuelga el teléfono para atender una llamada. Al otro lado de la línea, el comandante del puesto de la Guardia Civil, lo conmina a presentarse en el puesto de inmediato. Nuestro hombre esta desconcertado, intuye que algo no va bien. El comandante no quiere darle ninguna otra explicación, solo le urge que se presente. El retrato del Rey, impregnaba la sencilla habitación del puesto de una atmosfera muy solemne. El hombre no estaba cómodo, mientras los ojos del comandante y el sargento se posaban sobre él. Le preguntaron si había salido de caza últimamente, lo cual negó, con convicción. Los dos agentes se miraron entre sí. Luego el de más autoridad le amenazó con un severo castigo si no confesaba la verdad. La presión aumentaba, y el cazador estaba seguro que “ellos” sabían algo de su última salida nocturna, pero no adivinaba como era posible ese hecho. Había tomado todas las precauciones, no podía haberle visto nadie, porque entró en el dormido pueblo todavía de noche, y escondió su pieza en un cobertizo que solo él conocía, ni siquiera su mujer sabia el lugar. El sargento se levanto, abrió la puerta, y volvió poco después con un sobre, de él extrajo unas fotografías que mostraban claramente a nuestro hombre soltando el lazo, y cargando la pieza al hombro. Era un documento irrefutable. No existía posibilidad de disculpa, pero dentro de su cabeza, daba vueltas como era posible que en la negrura de la noche unos “ojos” que no detectó, hubiesen podido verle y ahora estuvieran acusándole desde aquella mesa oficial. No entendía nada. Luego, yo, después de unos días, en la tranquilidad de su casa, delante de un café, trataba yo de explicarle que de “igual a igual” nunca serian capaces a vencerle, pero que a veces los conocimientos ancestrales de los habitantes de los pueblos de Asturias, no tiene mucho que hacer con la moderna tecnología que igual te localiza las vacas por GPS ó te anuncia nieve a 200 ms, que te pilla en medio de la mas negra oscuridad haciendo algo que esta prohibido ahora ,aunque lo hubiesen realizado sin castigo durante generaciones pasadas. No existe escapatoria. Contra eso no valen para nada sus conocimientos del monte y comportamiento animal, mientras haya unos ojos secretos que lo vigilan sin que él lo perciba. ( Los hechos son totalmente ciertos, aunque omitimos los nombres por razones obvias)

martes, 31 de julio de 2012

La antigua casa

La puerta de la casa cedió quejándose,al empuje de nuestras manos. Debía de hacer muchos años que nadie franqueaba aquel robusto dintel de gruesas piedras. Poco a poco, nuestros ojos fueron acostumbrándose a la penumbra, y pasamos con cuidado adentro. A nuestros pies losas de piedra irregulares amortiguaban nuestros pasos. Todo el suelo estaba cubierto de ellas, señal de que fueron pudientes sus dueños. El resto de otras que conocíamos, y también muy antiguas, tenían el suelo de tierra pisada, ó tablas de madera de castaño ó roble. La apertura de una ventana, no muy grande, permitió la entrada de una luz, que ya nos dejo ver la gruesa trébede que sustentaba la boca de un horno ennegrecido en años de contemplar la pala que introducía los panes y boroñas, que procuraban el sustento a sus dueños. A su lado un herrumbroso molinillo, hace tiempo jubilado de su quehacer.
Debajo, el hogar que calentaba los inviernos, enmarcado entre gruesas columnas de piedra, escoltado entre dos bancos enfrentados, y donde queremos imaginar las veladas nocturnas, con el plato entre las manos y las llamas de aquella chimenea, arrojando un poco de luz y calor en la humilde estancia. Una cadena colgaba en su centro, con un gancho al final. Era la calamillera, y se usaba para colgar el asa de las ollas, encima del fuego. Todavía las paredes conservaban un color de cielo, en el añil que en su tiempo embelleció los muros, trasmutando la fealdad en hermosura, y regalándonos después de tantos años ese toque que alguna mano femenina, quiso que acompañase sus vidas. Un viejo calendario sin fecha y alguna llave complementan la decoración de la estancia, como un retazo de vida cotidiana, como si el tiempo todavía siguiese marcado por las hojas de aquel paisaje de un antiguo almacén de vinos. Hoy, solo las telarañas lo disfrutan, y nosotros, que entramos como a importunar el silencio con nuestros pasos. Parece sentirse en el aire que nos rodea, mil ojos que buscan los nuestros y que nos preguntan ¿qué hacemos allí ?. Afuera, no se oye mas que la brisa de un día gris de verano, inusualmente frio, y esta anocheciendo. Un vasal, pintado de verde, recoge la rústica vajilla, los platos con alguna esconchadura y alguna jarra abollada de aluminio. Ya no sentirán el calor humeante del guiso reposado, que reconfortaba los estómagos a la vuelta del duro trabajo en el campo. Pasé mis manos sobre ellos, suavemente, como tantas veces se sentirían apoyados en el regazo, esperando que enfriase el humilde pote, pero solo sentí frío. Salí al corredor, éste, con el suelo de madera carcomido en parte, me ofreció la vista de un edificio en construcción, enorme y como discordante entre la humildad de las casas que lo rodean. Me dicen que será un hotel. Un hotel de lujo. Y yo apoyo las manos en la antigua barandilla tallada, y vuelvo la vista a la penumbra de la vieja cocina, y quisiera verla bullir de vida, y sentir el olor del pan recién amasado, y no lo cambiaria por ningún hotel, por lujoso que fuera. Pero solo hay silencio entre aquellas paredes.
En el suelo, mis ojos descubren algo que parece una cuna, me agacho y la contemplo con curiosidad, es muy pequeña, y a lo largo la recorren unas varas de avellano y unas cuerdas. En la cabecera y a los pies, dos maderas con forma redonda, y ricamente talladas con motivos de trísqueles asturianos, me indican que alguna mano habilidosa talló aquello con cariño. No se distingue muy bien, pero creo adivinar unas letras. La llevo a la cocina, y a la luz de la ventana, se ven claramente M.M.C, en la parte de los pies de aquella cunita, salpicada de cientos de pequeños agujeros de carcoma, que si no lo remedian acabara con ella. A esas cunas, se les llamaban “tribiecos” en el lenguaje rural, y eran totalmente artesanales fabricadas en madera, por los propios padres ó allegados que fueran curiosos trabajando la madera, que en aquellos tiempos eran casi todos. Como me hubiera gustado, ver aquella pequeña cuna con su propietaria dentro. Quizás, envuelta en una humilde manta, de la que sobresaldrían unas diminutas manos, que irían creciendo con el paso de los años, que seria adolescente, que se casaría, tendría hijos y que acabaría por dejarnos para siempre, al final de su paso por el espacio común donde nos desarrollamos como humanos. Pero, para los que las cosas no son simplemente objetos, si no que formaron parte de la vida de las personas, de forma muy directa, sigue emocionándonos mecer el pequeño tribiecu, que tantas veces seria empujado por las manos de la madre de aquella niña llamada, María Mercedes Calvo,MMC.

Un palacio junto al cielo

Corría el año 1916, cuando en el olvidado lugar de Tarna, cerca del puerto del mismo nombre, una legión de obreros iban levantando una construcción majestuosa, desproporcionada para las míseras casuchas de aquel perdido pueblo casín. Eran años de escasez y de hambre. Aquellas gentes, a duras penas subsistían con los menguados ingresos que podían conseguir con la ganadería y la fabricación de madreñas, que luego vendían en los pueblos del entorno. Era una economía puramente de subsistencia. Sin embargo, un vecino suyo, emigrante en Cuba, donde amasó una fortuna incalculable, José Simón, quiso construir en el lugar de su nacimiento, la más fastuosa casa de todo el concejo, sin escatimar en gastos ni opulencia. Las carretas y animales de carga, subían sin cesar por las empinadas cuestas, desafiando los pasos y abismos que mostraba la rudimentaria pista de tierra y piedra, pues aún no se había construido la carretera actual. Era el sueño de un visionario, pero que amaba profundamente el lugar donde nació.
El edificio, construido sobre uno anterior, según consta en escritos del siglo XVII, era conocido como “La Casona” por los vecinos del pueblo, aunque él, quiso bautizarlo como Villa Lucila, en honor de su mujer, del mismo nombre. La casa, imponente, iba cogiendo forma, y los pisos se sucedían, hasta alcanzar los tres. Delante una escalera muy amplia conducía a las amplias estancias, donde las duchas del primer piso, eran un lujo nunca visto por aquellas pobres gentes, amen de los cuartos de choferes y servidumbre y las salas y estancias reservadas para los dueños y sus invitados. En nuestro concejo hay muy pocos vestigios de arquitectura indiana. A pesar de sufrir una fuerte emigración a ultramar, quizás fuera esta la más representativa mientras se mantuvo en pie, pues durante la guerra sirvió de refugio a uno de los bandos en liza, y luego fue bombardeada junto con el resto del pueblo, quedando totalmente destruida.
Ruinas de Tarna, con el palacio detras de la iglesia. En las viejas fotografías que mostramos, se ve el alcance de la destrucción provocada por los bombardeos y de los huidos que volaban los edificios para no dejar techo a las columnas que entraban por el puerto. Durante la estancia de los Simones en sus temporadas veraniegas, los mas viejos se acuerdan de entrar a trabajar a su servicio, ni que decir tiene, que durante el tiempo que duraban sus vacaciones estivales, mitigaban en gran medida el hambre y la escasez de aquellas gentes, tan poco acostumbradas a aquel lujo, para ellos inalcanzable. Solamente, nos cuentan, viajaba con ellos una cocinera que tenían en sus mansiones de Madrid y Barcelona, donde también tenían casas. Estos personajes, pues eran dos, primos entre sí, se llamaban José Simón González, y José Simón Corral, apodadado este último “Corralin “.
Jose Simón Corral. El primero hizo fortuna en Cuba, con múltiples negocios, aunque de los más importantes fue una compañía naviera de su mismo nombre. También llego a ser presidente del Centro asturiano de La Habana en el año 1928 a 1929, o sea, fue un hombre bastante poderoso en su tiempo. Hoy, de aquel imperio, no queda nada. La tradicional sagacidad para los negocios, de que dieron buena muestra muchos casinos, tiene en “los Simones “una de sus mas destacados ejemplos, incluso me atrevería a decir que el pueblo tarnín, uno de los mas antiguos de Caso, según rezan documentos que lo mencionan allá por el siglo X, fue cuna de los que mas fortuna hicieron fuera de su tierra. Si algún día vais a Tarna, acercaros a la imponente reja de hierro que circunda la finca, único resto que queda de aquella mansión, junto a una portalada, que aún conserva grabado el nombre de la mujer para quien fue construida: Villa Lucila. Un palacio junto al cielo.

martes, 10 de enero de 2012

L´aguinaldo en Tarna

Un año más, la singular aldea casina de Tarna, celebró la antigua fiesta del aguinaldo.


Anclada en tiempos remotos, los más viejos nos contaban que esperaban esta fiesta como algo que sentían como propio, aunque existíó en otros pueblos de Caso, donde también los mozos iban a caballo por las casa pidiendo el aguinaldo, hoy, solo se conserva en este remodelado pueblo casín. A él acuden como una llamada ineludible, todos los vecinos que debido a lo extremo de su clima se desplazan en la “invernada” a lugares mas cálidos como Laviana, Oviedo ó Gijón, pero para el aguinaldo vuelven . Vuelven, como si sintieran una llamada poderosa, que les hace subir a su Tarna querida a encontrarse otra vez con amigos y vecinos, ponerse el llamativo gorro multicolor, y entonar a lomos del caballo las trovas que el ingenioso tarnín Tomás García Simón, elabora año tras año, para que José Manuel, José Ramón, Juan Manuel, Pedro y Cesar, vayan casa por casa, y acompañados por vecinos y vecinas, regalando trovas a sus ocupantes, sin olvidarse de nadie.


Al final, contentos y felices, quizás porque con el frio, los chupitos que les ofrecen entran con facilidad, dirigen sus pasos al bar Nalón, donde entre amigos y al calor de una buena cena, comparten recuerdos y anécdotas hasta bien entrada la madrugada, donde como es lógico, no podían faltar los cantos y las asturianadas, con la suerte de que les acompañase otro año más el gran músico y folklorisra asturiano Xosé Ambás, que no se pierde esta tradicional fiesta al amparo del Cuetu Negru, en el marco incomparable del Parque de Redes.



¡ Esperamos veros a todos el próximu añu ¡ ¡ Que non falte nadie ¡

martes, 20 de diciembre de 2011

El ocaso rural

Amplio con alguna reflexión un tema que me parece muy interesante.

He leído atentamente estos días una crónica periodística sobre el pueblo de Caleao, en el parque de Redes. En ella personajes naturales de la pintoresca aldea casina, ó de nueva incorporación, como el caso de un empresario que esta edificando un complejo hotelero en el lugar mas emblemático del barrio de Solxierru, y que tengo que confesar que al inicio de las obras me dió miedo el resultado de aquella transformación por el impacto que iba a tener sobre el conjunto del propio caserío, construido pacientemente después de cientos de años, casa a casa y piedra a piedra.


Hoy paseo viendo su desarrollo, y el resultado no esta quedando mal, a mi parecer. Habrá que esperar a verlo terminado.
Otra cosa es la incidencia que en términos sostenibles pueda suponer la llegada de turistas a un lugar donde el impacto humano puede suponer una agresión en un entorno no preparado para él. Ese turismo urbanita esta acostumbrado a llegar con sus vehículos hasta el propio lugar de alojamiento, y van a reclamar servicios y provocar desechos que tendrá que ser contemplado su eliminación ó reciclaje, con el agravante de que Caleao, no tiene sistema de depuración o sea que se verterán al rio. Luego las propias calles, aptas escasamente para el paso de carros del país, tendrán que acoger un tráfico de automóviles para el que no están concebidas.


Hay otra propuesta hostelera lista para su comienzo, y esperando los permisos, a si que Caleao, va a convertirse en el polo turístico del parque de Redes, en un breve periodo de tiempo. Y ahí es donde yo quería hacer una reflexión: ¿Estamos preparados para ello? ¿Es el camino a seguir? ¿Es el futuro para Caso?
En un apartado de la crónica se manifiesta que el desarrollo del turismo “esta pidiendo a gritos brazos jóvenes dispuestos, ideas diferentes”. Curiosamente en el concejo casín otra ambiciosa iniciativa la promueven dos parejas, catalana una, y leonesa la otra, y es una quesería y restaurante en la parroquia de Bueres, amén de un vasco, que explota un pub-merendero, en Orlé, lo cual indica que lo que los locales rechazan ó no creen en ello, otras personas sin ninguna implicación en el concejo, ven un nicho de negocio y apuestan cantidades respetables de dinero en su desarrollo.


Desgraciadamente hay un hecho que describe muy bien el cronista y que dice “el peligro es el silencio”. El silencio de tantos pueblos como Caleao, con las persianas y las puertas cerradas, en la larga temporada invernal. Pueblos vacios, pueblos con una vida latente, como la hibernación de los osos. Población envejecida y solo unos pocos supervivientes mas jóvenes que tiran por el carro de la ganadería y de las labores agrícolas como los eslabones finales de una cadena. Representantes de una manera de vivir que pervivió a través de muchas generaciones y que fueron los auténticos responsables de la transformación de un decorado natural que la naturaleza dispuso para que nosotros lo contemplásemos, y que ellos, con la ayuda de su tesón y de sus brazos, trazaron sendas, tiraron puentes, construyeron cabañas y poblados en los pastos y majadas de los puertos, para que ahora, los que nos perdemos por sus rutas, quedemos asombrados de lo que fueron capaces de realizar aquellos auténticos pioneros “paisajistas medioambientales”.
Los últimos que quedan, nos dicen que el futuro de la ganadería es muy negro, o como manifiesta la dueña de una posada en el pueblo – el camino es muy corto, sin ayudas esto se acaba- a pesar de que una vecina estacional, porque desarrolla su trabajo en Oviedo, donde dice que “sobrevive” pero que necesita venir a Caleao para “vivir”, manifiesta que habría que apostar por una gestión sostenible del vacuno autóctono, y la formación de cooperativas que explotaran de forma mas racional y mas cómoda la riqueza de la que disponen.
Y aquí se nos presenta descarnada, la realidad ¿Donde están esas personas, donde esos brazos?
Y un reputado periodista y experto en medioambiente, que curiosamente tiene casa en el pueblo, afirma que él cree que esto tiene solución y que ya intentó en otras ocasiones la aventura de la trasformación y no tuvo éxito, pero que ahora esta seguro de que se puede conseguir, y nos expone una teoría sobre la “aldea global” ó la “aldea tecnológica”. Caleao ó otros pueblos casinos conectados a través de las nuevas tecnologías, y repoblados por gentes con sus oficinas virtuales en las casas, como un nuevo modo de contemplar el futuro del mundo rural, y que haga atractivo a los pobladores urbanos el afincarse en estos pueblos sin perder la proximidad que ofrecen las redes informáticas para la realización de trabajos, que no importa donde se desarrollen, sino quien los haga. Aparte de la aceptable cercanía a las grandes urbes que no sobrepasa la hora, mas ó menos.
Y buscando alternativas, las opiniones pueden ser de lo mas variopintas, pues en otra crónica periodística un ex consejero del gobierno asturiano, propone estudiar la posibilidad de un copago “turístico” a los visitantes de estos espacios naturales, de forma que las gentes que acudan a dar una vuelta por estos lugares contribuyan de alguna manera a su conservación, y ponía como ejemplo, Somiedo, que recibe un promedio de 180.000 visitantes al año, que a dos €, por ejemplo, aportarían al organismo gestor de aquellos espacios, unos 360.000€, que bien se podrían dedicar al mantenimiento de pallozas, sendas y otros lugares que reclamen un sostenimiento continuado. En fin, es otra propuesta.
Es cierto que paisajes como este, y de otros lugares de Asturias, atraen. La gente los visita, están a gusto en ellos, llegan incluso a adquirir una segunda residencia en los mismos, con la secreta esperanza de que pudiera ser la definitiva. Muy pocos lo logran, porque la realidad ó las necesidades que nos hemos creado, bien familiares ó laborales, nos empujan a las urbes, y es difícil desengancharse de ellas. Las ideas que estas personas exponen, pueden ser la clave del futuro en entornos rurales. Supondrán un cambio drástico de conceptos que llevan anclados desde tiempos inmemoriales por personas que de generación en generación practicaron esas costumbres, y muchos desaparecieron ejerciéndolas, y hoy ya solo forman parte del recuerdo a través de las viejas fotografías.
Hay algo que resulta patente y que explica creo, de forma clara el declive: Las antiguas sociedades rurales, con la figura paterna representando la cima de la unidad familiar, los hijos e hijas, generalmente abundantes, contribuyendo al crecimiento del patrimonio rústico con su trabajo, y la figura del heredero, con el camino definido claramente en cuanto a la continuidad en su persona de la mejora de las fincas familiares, incluido el casamiento con una moza del entorno, que rápidamente pasaba bajo el dominio de su suegra, que era al final la que regia los destinos domésticos de la hacienda, y el resto de los hermanos a los que solo les quedaba la alternativa de seguir en un plano inferior, ó la emigración a las ciudades ó América, causando el despoblamiento progresivo del campo asturiano. Hace años que vemos como ese patrón se desmorona, y como la antigua sociedad agraria de la que se sentían parte y orgullosos, va perdiendo interés porque ven que en las ciudades se ganaba dinero con menos esfuerzo, y los antiguos campos y los rebaños de animales, pasan a depender de brazos cansados y lo que es peor, la presencia siempre respetada de los padres y abuelos, se resquebraja y en muchos casos hoy, en las antaño grandes haciendas, solo podemos ver viejos que arrastran sus años por los lugares de su vida, para al final, y eso ya seria una suerte, acabar en una residencia de ancianos, desde la que contemplan el desplome de lo que fue su mundo.


¿Cual será el futuro? Es ciertamente impredecible. La situación es la que describimos en estas notas. Los pueblos vacios, las casas cerradas, más movimiento en verano, pero de forma muy estacional, y los prados y fincas, poco a poco van siendo invadidos por las malezas, sin que haya ningunos brazos que se ocupen de su atención. Organismos oficiales, pero instalados en ciudades, organizan y mandan sobre los auténticos dueños del paisaje y de las tierras. Los pocos que quedan, ya con pocas ganas de protestar ante las imposiciones de no saben quien, pero que tienen autoridad sobre ellos y sobre sus haciendas. Ese es el cambio al que estamos asistiendo en todas las sociedades rurales, incluida la nuestra de Caso.


Yo, tengo que confesar, que me resisto a estos cambios. Quisiera que todo fuera igual que antes, y saboreo cuando tengo ocasión el Mercaín ó la procesión a Ricao, como las postreras manifestaciones de aquella pujante vida rural, o me deleito ver a los últimos rabelistas interpretar un romance bajo los soportales de la iglesia, y observar a los escasos ganaderos conducir el rebaño a los puertos como antes lo hicieron sus padres y mucho antes ,los abuelos.


Yo conocí ese mundo, asisto a su declive y me apena su desaparición.
Lo siento, soy un nostálgico.
Monchu Calvo