miércoles, 12 de febrero de 2020

El hombre del transitor


Tenían ganas de conocer a Tito, y habíamos planeado varias veces la visita, pero por unas cosas y otras fue quedando para atrás. Esta vez, dijimos que adelante, y allá quedamos en el Parque de Redes dispuestos a pasar un día, encima radiante, entre paisaje, paisanaje y fotografía.
La venta de Les Lleres, que algún amigo conoce, es un lugar que nunca te defrauda. La vieja y decrepita casona, allí se nos descubre después de un corto trayecto entre bosque, mientras por un rustico puente cruzamos el rio Orlé, que cantarín serpentea entre piedras, donde el tiempo borro aristas que el agua rodea con sus brazos de espuma blanca. La mirada se derrama por un valle de prados verdes, curiosamente no se ven vacas y ovejas, que en previsión de nieve aguardan tranquilas en los establos.
Desde fuera de la portilla ya divisamos la figura de nuestro anfitrión, que nos espera apoyado en su cayado. Al llegar le doy un abrazo. Y le presento a mis amigos a los que saluda campechano. Le digo que esta vez no llevamos ninguna mujer como modelo, pero le prometo que en este año algo haremos en su casa, alguna sesión fotográfica, con las guapas mozas a lo que lo tenemos acostumbrado.
Tito es un personaje singular. Vive con su hermano Toni en el cercano pueblo de Nieves. Tiene creo cerca de los ochenta años, si no los dejo atrás, pero, aunque tuvo en años pasados algún escarceo amoroso, no fue lo suficiente para retirarlo de la soltería impenitente de tantos varones célibes que habitan nuestros pueblos.



Y se viene en su coche casi todos los días a este viejo caserón del siglo XVII que nunca sufrió reformas, mas allá de retejar de vez en cuando. Y pasa las mañanas atendiendo a sus animales y sentado delante del fuego que chisporrotea alegre, luchando para calentar la amplia cocina, donde un sofá cama, cubierto con tosca manta, acoge el reposo en las largas horas que le dejan las vacas entre las cebas de mañana y tarde.



Un viejo transistor le hace compañía. Dice que lo prefiere mas que la televisión, que solo la pone en su casa mas que para ver “el parte”. Es esa compañía fiel que te cuenta cosas que pasan, que asistes como oyente a los muchos debates y tertulias, donde tú, que eres perro viejo, sabes que mucho de lo que dicen es mentira. Y la conversación deriva sobre el abandono de nuestros pueblos, casi tema obligado, cuando tenemos presente a uno de sus exponentes. Y nos dice que sí, que esto se acaba, “Nadie sabe qué ocurrirá en una generación”. Falta de oportunidades, emigración, desarticulación, envejecimiento, despoblación, extinción. Esta es la realidad de la España que desaparece del mapa. “Es como un cáncer: se lo va comiendo todo, sin parar. Es horrible, por mucho que los expertos apunten propuestas, que, aunque suenen muy bien son irrealizables. Él nos dice que detrás de ellos ya no queda nadie que continúe con esa labor. Tienen buenas tierras y casas como les LLeres, por la que pagó hace muchos años trescientas mil pesetas. Un dineral, de aquella, pero hoy languidece cuando ves en algunas de las partes de la finca, avanzar pequeñas manchas de helechos y matorral, aprovechando que estos meses el ganado está guardado.
Y te da tristeza porque sabes que es cierto, que la naturaleza es preciosa y es reconfortante disfrutar de ella, pero muy pocos la cuidan y se preocupan de que una tierra por bonita que sea, sin vecinos no existe paraíso, o como escuchamos no hace mucho a una periodista,
Hoy, solo como detalle, poco más de treinta niños van a un solo colegio de la capital del concejo. Antes, cualquiera de los veintidós pueblos que lo componen, tenía mas niños en edad escolar.
Una inmersión a la realidad de un mundo que desaparece, una visión desde nuestras cámaras fotográficas, y una oportunidad que quizás en breve no podamos repetir, cuando nadie encienda el transistor de nuestro amigo Tito.
Creo que Tito disfrutó de nuestra compañía, porque amablemente posaba para nosotros en los lugares donde le mandábamos ponerse. Quizás también él es un poco presumido, y recordaría las mismas sugerencias a las guapas modelos que recorrieron esos mismos salones y corredores, y el repetía las posturas que guardaba en su memoria.



Reconozco que cuatro fotógrafos podemos llegar a ser muy pesados, pero también os puedo asegurar que nuestro anfitrión en ningún momento puso gesto de cansancio o aburrimiento, solo apagó el transistor para que el locutor no lo distrajera de su labor como modelo.
Que gente como Tito nos dure muchos años.

martes, 3 de diciembre de 2019

Bueres, su historia


Bueres. Datos históricos. 1
La parroquia de Santiago de Bueres, situada en la margen derecha del rio Orlé, afluente del Nalón, tiene 27 Km2, y forma junto los pueblos de Nieves y Gobezanes y el que le da nombre, la Tercia de Bueres. Entidad menor y parroquia rural.
El topónimo Bueres, podría derivar de la palabra latina, boven, acusativo de bos- bovis (buey- vaca), seguido del abundancial arius, prefijo colectivo que indica “lugar donde hay mucho”.
Sin duda Bueres recibiría ese nombre por tratarse de un lugar donde abundaba el ganado bovino, o los buenos pastos, creemos que pudo ser majada de verano de los pueblos del valle, como Tanes.
En algunos documentos figura con las variantes de Buyeres o Buieres, aunque Bueres es la forma mas antigua y usual de denominarlo desde tiempo inmemorial, según encontramos en documentos anteriores del siglo XVII. Buyeres figura redactado por escribanos foráneos en siglos mas recientes.
En documentos muy antiguos figuraba un territorio denominado Noántica, que según Carlos Floriano, estaba situado en Caso, en la confluencia del Rio Orlé con el Nalón, y tierras adyacentes. En el monasterio de Sahagún, que junto con el monasterio de Eslonza, tuvo gran influencia y posesiones en el concejo casín, se encontró un escrito donde se menciona una compraventa en este territorio, hecha por el matrimonio formado por Tegitu y Ponia, a Carito y su mujer Vitalia, de toda su heredad en Noántica, en el valle de Caso.
En 1385, en el inventario de parroquias incluidas en el libro becerro de la catedral de Oviedo, figura : Santiago de Bueres husa apresentar el beneficio simple e el de la capellanía. Es capellán Domingo Ioaniz, e beneficiado Fernán Pérez. Ha de manso ocho días de bues. Paga de procuración cuarenta e cuatro maravedíes.
La iglesia de Bueres, edificada sobre los restos de una anterior, está fechada entre los siglos XVII y XVIII, situada en la parte alta del pueblo, y a poca distancia del pueblo de Nieves, con quien comparte culto y cementerio. A pocos metros se levantan dos imponentes texos y una tilar, allí se celebraban los conceyos abiertos, convocados al son de campana tañida, y si llovía, en el cabildo.
En 1803, la única campana que tenia se fundió, siendo párroco D. Gabriel García, para hacer dos de tamaño mediano, y se encargaron al maestro campanero, Manuel de Albear, de Ampuero (Cantabria), que una de ellas figura colgada cerca de la casa del Ribero, en unos mástiles que se pusieron siendo alcalde Gaspar Vega. En ese lugar se celebraban las juntas, los domingos al medio día.
En el pueblo de Bueres hubo dos capillas. Una dedicada a Sta. Catalina, que no se sabe dónde estaba situada, pero parte de sus restos figuran desperdigados en muros y paredes de cuadras y tenadas de muchas construcciones. Sabemos que, en el año 1700, el mayordomo y patrono de Sta. Catalina era Juan del Prado del Pandiello, donde dice que la capilla formaba parte de una casería con casa, hórreo, y dos molinos. Tenemos datos reales de varios de sus mayordomos, y un detalle singular que nos cuenta que, en vista de su deterioro y mal estado, en 1785, el párroco D. José de Bueres vende el cáliz y la patena, para con su producto renovar paredes y techo por lo menos. Después pone en arriendo la vega del molino de Candín, en treinta ducados, según figura en el libro de cuentas.
La otra capilla es la de Sta. Cecilia, situada en la carretera que va al pueblo de Nieves. Esta fue incendiada durante la guerra civil, y quemada su imagen, techos y una gran puerta que tenía. Hoy esta desacralizada, se usa como leñeru y es de propiedad privada. Según datos que tenemos, el mayordomo de la citada capilla en 1738, era José de Buyeres, y junto a la capilla estaba la casa rectoral, con su hórreo, establo y huerta. Estos edificios ya no existen, y en su lugar se edificó una escuela, que hoy sirve como centro social a los vecinos de Bueres.
En Bueres existe una casona que ostenta un escudo heráldico en su fachada. Solamente existen dos auténticos de blasón noble. Uno en Prieres, de la familia Caso de los Cobos. 1638, y este de Bueres de la familia García, de finales del siglo XVIII.
Sabemos que sus primeros propietarios se apellidaban Testón, que fueron sus dueños desde tiempo inmemorial.
A finales de 1700, su heredera se casó con un hidalgo piloñes, apellidado García, que fue el que puso el escudo. Tuvieron dos hijos al menos, que nacieron en esa casa. El primogénito, que no sabemos el nombre, fue el heredero. Su hermano Antonio García Testón, inmigro a Sevilla donde hizo gran fortuna, y después regreso a Asturias, fijando su residencia en Piloña, donde se casó.
Allí, en Pedrueco, compro una casona que decoro con muebles y obras que trajo de Sevilla, que hoy conservan sus herederos.
María García Testón, con quien se pierde el apellido era nacida en Bueres, y sobrina del citado Antonio, de quien era prohijada. Todavía se conserva entre los muebles heredados, una cama con el mismo escudo que el de Bueres. Falleció en 1985
En los años 50 se vendió a los actuales propietarios, vecinos del pueblo, aunque no se utiliza más que como cuadra y garaje.

El topónimo Bueres significa a una saga de apellidos del mismo nombre, que según la leyenda se remonta a la batalla de Covadonga, donde un guerrero casín, Suero Buyeres de Caso, fue lugarteniente de Pelayo, y según dicen las crónicas en la batalla se le apareció una cruz en el cielo, que ayudo a derrotar a los moros, y es la que hoy figura en el escudo del concejo “el bien del cielo nos vino”
Creemos que del mismo tronco original radicado en Bueres, salieron dos ramas, una en Tanes, con derivación en parte a Sobrescobio y Laviana, y otra en Tarna, asentada en el siglo XVIII. De este último lugar desapareció en la actualidad, pero se mantiene en varios lugares de Asturias, como Boal, Oviedo, y países europeos, incluso en el continente americano. Pudo originarse el apellido a causa de ser señores jurisdiccionales de este territorio, o incluso de sus primeros habitantes. Sabemos que en 1591 había en Bueres cincuenta y cinco vecinos, y ya existía un Pedro de Bueres.
El documento más antiguo donde se menciona este linaje es de 3 de mayo de 1499, donde los Reyes Católicos, nombran a Álvaro Bueres como escribano del concejo de Caso.
Todos los vecinos de Bueres eran hidalgos. Eran de realengo, con capacidad de administrarse con sus propias normas, y exentos de levas ni otros servicios al rey. Sin embargo, en los otros dos pueblos, Nieves y Gobezanes, el setenta por ciento eran pecheros. Con razón los vecinos tenían el apodo de “pechos nobles
El condado de Noreña y los condes de Revillagigedo en Gijón, tuvieron tierras en esta parroquia, pero uno de sus mas famosos vecinos, aunque muy desconocido para la mayoría, fue Martin Díaz de Prado, lugarteniente de Alfonso VII, quien le donó en 1146, grandes propiedades en Caso y León, entre ellas Tarna, Sobrecastiello y Veneros, aparte de sus tierras en Bueres y Nieves. También la villa de Anciles, de la que era señor, en la comarca de Riaño.
Este caballero en la hora de su muerte, y quizás para ganarse el perdón divino, ofreció todas sus posesiones a los monjes benedictinos de Eslonza, en León, con la condición de ser enterrado en sus monasterios. Por eso los grandes propietarios monacales de Eslonza, Sahagún, en tierras leonesas y monasterio de la Vega en la capital asturiana, tuvieron siglos recogiendo diezmos y quesos casinos, en algunos de sus viajes.
Nuestro buen hombre allí reposa en el monasterio de Sta. Mª de Gradefes, en un sarcófago de piedra cuya imagen yacente representa su figura.

Hoy desgraciadamente de aquel pasado esplendor donde los arrieros de la Tercia conducían sus recuas a través de caminos reales y senderos, llevando y trayendo mercancías de tierras castellanas y puertos cantábricos, poco o nada queda. La abundante cabaña ganadera, subsiste aunque muy disminuida.  Un par de ganaderos jóvenes que mantienen algún rebaño en los puertos de Ovia y Arnicio, y jubilados que rehabilitaron sus casas y desde ellas contemplan el paso del tiempo. El pueblo y sus casas en estado de revista, aunque muchas de ellas cerradas y siendo difícil encontrar vecinos por sus calles, sobre todo en invierno. Sigue manteniendo su belleza, un paisaje impresionante, si acaso cambiando las antiguas erías y prados de siega, por el avance del matorral que lo acaba devorando y tapando las antiguas caserías.
Se mantienen dos bares abiertos, uno de ellos con parrilla restaurante, y dos casas rurales que alquilan apartamentos. Merece la pena acercarse a la Tercia. Los sitios a visitar no defraudan, como los que aqui reseñamos, sobre todo un chigre todo terreno como La Portiella de Luisa y Gustavo. En la misma carretera.

Datos extraídos del libro El Concejo de Caso, de Blanca y Ángel Bueres Santa Eulalia


Escudo de los Garcia

Escudo de D. Suero de Buyeres. Lugarteniente de Pelayo

Vecinos "historicos" de Bueres

Iglesia de Santiago

Bueres


Casa del Cascayu
Restos capilla Sta Cecilia

Posible campanario capilla Sta Catalina. Cuadra de Nieves



Delante del Riberu

Vecinos de Bueres 1930

Bueres 1960

Emiliano, del bar La Portiella

De la casona de los Garcia

Josef de Bueres. Tarna

Los Bueres de Tarna

Angel Santos Bueres, de Sopalaciu

Angel Santos y Amalia Capellín, de Orlé

Antonio Bueres Capellin y Luisa Escribano con sus hijas Carmen y Dolores, y tres de sus hijos

Nota necrológica de D. Antonio Bueres Capellín

Firma de Antonio Bueres 1860

Joseph de Bueres

Documento donde los Reyes Catolicos nombran a Alvaro de Bueres, escribano de Caso 1499


domingo, 1 de febrero de 2015

Una matanza en el fragor de Los Beyos

Tiempos duros, los que duro la posguerra. Hoy con el paso de los años, tendemos a olvidar unos hechos que marcaron profundamente a una generación de españoles que los tuvieron que vivir en sus carnes. Dicen que hubo mas muertos en los años posteriores a la terminación de la guerra, que en  ella misma. Solo conocemos los testimonios que poco a poco van saliendo a la luz, pero quizás nunca se llegue a saber el verdadero alcance de aquella lucha fraticida que tiño a nuestro país de vergüenza y de odio entre hermanos y vecinos. En uno de mis viajes al concejo hermano de Ponga, escuche este relato a uno de los “viejos” que todavía quedan en el pueblo. Previamente ya lo había narrado a un historiador que se lo solicitó para un libro sobre los del “monte”, como eran llamados los que huían por su pasado político ó por delaciones. La vida que les esperaba, era ciertamente infame. Más propia de alimañas que de hombres. Sin refugio, ni comida, huyendo constantemente para no ser atrapados, porque eso significaba la muerte inmediata. Era una situación donde el terror amedrentaba a muchos pueblos, en gran parte de los casos sin saber ni participar en ideologías políticas, como las de muchos de aquellos hombres que después de haber perdido la guerra todavía tenían que seguir luchando, sin apoyo ninguno, para al final ir cayendo bajo las balas uno a uno, acorralados y hambrientos, y en el peor de los casos, sufriendo tortura para morir. En algunos procesos sus familiares directos pagaron con su vida el no delatarlos. Esto es un retazo de aquellas  existencias que hoy nos sobrecogen.

                                                             Rincon de Viboli 


Una historia de muertos y guerra. Ocurrio en Viboli y Viegu, y es cierta como la propia vida.

Cuatro muertos en Viego 
Corre el mes de octubre del año 47, los atrasados pueblos de las montañas de Asturias luchan contra la escasez y los rescoldos de la guerra reciente. Cuatro “fugaos”, Cándido, Josepón, el Rubio de la Inverniza y Abelardo de La Matosa, pasan de los montes de León a lo profundo de Los Beyos. El 17, se acercan al recóndito pueblo de Viboli, y atracan el bar del pueblo. 
Al día siguiente se acercan a Viego, pueblo cercano. Van con la intención de coger las armas de algún cazador. Cándido y El Rubio, cuando ya oscurecía, se quedaron en una cabaña en la que fueron metiendo a todos los pastores que encontraban por el camino, mientras Josepon y Abelardo cogieron al indiano Jaime Bulnes, y lo cachearon quitándole ocho mil pesetas que llevaba encima. Jaime Bulnes no siguió los consejos de su madre, que, al salir de casa a ver el ganado le advirtió: - No salgas con dinero, que ayer los del “monte” atracaron en Viboli.
Jaime se rió: - sabe Dios donde estarán ya
- Quien le iba a decir que allí mismo.
Le preguntó quien del pueblo tenia dinero. Contesta, que nadie, que todos en el pueblo son pobres como ratas. No conforme con la contestación, los dos guerrilleros le obligan a indicarles cual era la casa de Julio, el alcalde. Por el camino se encontraron con el padre de este, Hilario, al que también llevan por delante a casa de su hijo. La casa también era bar. Entraron y allí se encerraron con ellos. Piden dinero. El alcalde responde que no tienen nada. Mandan a su mujer a pedir a los parientes del pueblo, y plata y relojes, todo lo que hubiera de valor. Al poco de salir la mujer, hizo acto de presencia en el pueblo la guardia civil. Era el cabo Cosme y cuatro números de Cangas de Onís, con ellos llevaban a un vecino para que les indicara el bar. No sabían nada. Cuando llegan, el vecino pica, y dice – abre, Julio, que es la guardia civil.

                                                                        Fugaos muertos por la Guardia Civil   
                                                                       
Abelardo y Josepon subieron las escaleras de la casa para ver si podían saltar por la parte de atrás, pero las ventanas eran muy pequeñas y no había manera. Así que bajan y abren la puerta con Jaime Bulnes por delante. A la vez que abren, disparan; los guardias se ven sorprendidos. El cabo resulto muerto en el acto, y herido el guardia Felipe Cantobrana. El indiano hace un quiebro y se les escapa, volviendo a entrar en casa. Los dos guerrilleros huyen monte abajo. El Rubio y Cándido preparan sus armas; el guardia herido se arrastró hasta ponerse a cubierto, los otros dos están petrificados.
El joven Laureano, que volvía con una carga de hierba, después de oír los disparos sale a inspeccionar el ambiente, y el Rubio le da el alto en la oscuridad. Asustado no contesta, y el guerrillero le dispara una ráfaga que lo fulmina. También el padre del alcalde salió al exterior y fue muerto por el Rubio. Después huyeron monte abajo.
El guardia civil herido, no fue llevado al hospital hasta el día siguiente. Ya era tarde, acabo falleciendo en presencia de su mujer encinta, a la que le había mandado una nota, diciendo que lo habían herido, pero que no era de importancia. La nota la llevo Teresina Cardin,la cartera del pueblo a la casa del agente, en Villamayor. 

viernes, 30 de enero de 2015

Martinón, de Llué

Corría el lejano año de 1893. En los enriscados parajes del concejo de Ponga, existe un lugar como perdido en el mundo. Es un sitio de difícil acceso, pero de una belleza que hechiza a cualquiera que  se deje caer por aquel lugar. Se llama Llué. Mirarlo en algún mapa, y si vuestras piernas os lo permiten, no dejéis de visitarlo. Os aseguro que no será fácil de olvidar por su hermosura. Es un edén, oculto por las montañas que lo protegen.


Llué 1897  cazando el oso

Hoy, solo podéis descubrir tapadas por la maleza, los restos de lo que fue la cabaña de Martinón. Un hombre de gran fortaleza que vivió en aquel lugar, antaño provisto de cabaña, molino, y establo de ganado, y del que solo se desplazaba para adquirir alguna cosa que allí no era posible producir, como café, tabaco, ó azúcar, al distante San Juan de Beleño ó Puente Vidosa, viaje que bien le podía consumir el día entero, pese a ser ágil en sus desplazamientos.
Llegó un día en que nuestro hombre, conoció una buena muchacha, en un pueblo pongueto, y matrimonió con ella.
Contento y feliz, aparejó una cabalgadura y dispuso a la mujer en el caballo, dirigiéndose por los intrincados pasos que a través de aquellos despeñaderos, llegaban a la aldea de Tolivia, donde fue recibido con gran alborozo por sus vecinos, que se alegraban de que su distante vecino, mitigase su soledad con la compañía de una buena esposa. Martinón, pese a vivir en lugar tan inhóspito, era querido por todos, pues siempre se brindaba a ayudar a quien lo necesitara.
No hacia mucho que en una cacería donde participaba gente de la nobleza, que se desplazaban en busca del oso, cazado este, se despeñó a un profundo abismo del todo inaccesible. Nuestro hombre se brindó a rescatar la pieza, y brincando entre las peñas desapareció en la negrura de la sima. Durante un tiempo, solo se oía el crepitar de las ramas y ruidos de piedras que rodaban hasta desaparecer en el río que discurría por el fondo. Al poco, hizo su aparición la corpulenta mole de nuestro hombre que cargaba con un oso de más de cien kilos sobre sus espaldas. La pendiente parecía dificultosa de ascender, encima con aquella pesada carga a sus espaldas, pero en Martinón todo era posible. Por eso era tan grande su fama.
El invierno se presentaba con extremada dureza, y la nieve dificultaba realizar las más sencillas faenas. Un manto espeso cubría Llué, convirtiendo las praderas en un lago blanco.
Para colmo su mujer se encontraba mal, y aquella enfermedad no daba síntomas de remitir, pese a las pócimas y reposo que Martinón le ofrecía. El buen hombre, desesperado, había probado todos los remedios que conocía, y para colmo la nieve impedía moverse para buscar ayuda en los pueblos más cercanos. Durísima la vida de aquellas gentes, fiando su salud, solo a su resistencia a las enfermedades, y a la suerte.
Al final, la vida de su querida compañera se extinguió, y aquel hombre quedó solo con su pena y la soledad, en medio de aquel terrible silencio de la majada de Llué.

Caserio de Llué, sobre 1900

La empinada cuesta que conducía al collado de Lleces, era dura, aún en condiciones normales, con nieve era una empresa casi imposible ascender  el cuerpo de su esposa para darle sepultura en la aldea de Tolivia. Ella, yacía inmóvil en la humilde alcoba de la pobre cabaña donde desarrollaban sus quehaceres, su vida no pudo apenas compartirla con aquel hombre que escogió por esposo. La tristeza de Martinón era infinita, pero ahora lo que tenía que hacer era conservar el cuerpo de su mujer, hasta que le fuera posible enterrarla en el cementerio de Tolivia, cuando la nieve y el temporal lo permitiera.
Cogió una pala, y bajo el fresno que tenia junto a la cabaña, excavó un hueco, donde cogiera el cadáver de su esposa, luego lo cubrió con un montón de nieve, de forma que el frío mantuviera aquel ser sin descomponerse.
La noche enseguida cubrió de negrura la majada, y Martín atrancó la puerta y se dispuso a acostarse después de haber comido algo  para acallar el hambre que su cuerpo le reclamaba.
Pronto, solo se oía el viento correr libremente por el anfiteatro de Llué. La tormenta de nieve parecía que había cesado por el momento. De repente un aullido rasgo el silencio, y este fue contestado por varios, que pronto inundaron aquel escenario. La realidad era terrible, y solo un hombre de aquel temple, la encajaba sin desmoronarse de miedo. No había nadie más que él y los lobos, en aquel pequeño espacio. Abrió la puerta de la cabaña, y la luna bañaba una escena sobrecogedora. Alrededor de la tumba que había excavado para enterrar a su esposa, cuatro lobos intentaban apartar la nieve con sus patas, para alcanzar el cuerpo de la mujer. Cogió la vieja escopeta, y apuntando casi a ciegas detono un disparo que puso en fuga a los animales, luego procedió a desenterrar el cuerpo de su mujer e introducirlo en casa, depositándolo a lo largo del escaño. Tenía que subirlo como fuera a Tolivia y darle sepultura en el cementerio.
Nada mas amanecer, y con la nieve todavía dura a causa del frío, envolvió el cuerpo de su esposa en unas viejas mantas y lo amarró con cuerdas, luego se lo echó a la espalda y inició la dura subida al collado de Reces, que daba paso a la aldea. Fue un trabajo de titanes, por las duras condiciones reinantes. Al dejar la collada el monte cambia de ladera y el mundo de Llué desaparece. Martín encuentra el sol remontando los beyos de Tolivia. Se siente la fuente y el río. Desde la posa de Cociyón, Martín descansa y ve la forma de las casas. Contempla cómo se eleva una docena de humos a perderse en el aire limpio de Tolivia, y a voces pide auxilio.

                                                  
                                                              Llué en la actualidad

Enseguida algunos mozos y mujeres del pueblo llegan hasta él y le prestan ayuda. Está al límite de sus fuerzas, pero todavía resiste hasta el cementerio y allí abren una fosa donde depositan el cuerpo de la mujer que le brindó días de felicidad mientras pudo compartirla junto a ella.
Hoy, Tolivia, ya no existe a nivel humano. No hay vida en el recóndito pueblo. Solo el viento del olvido pasea por sus caminos y entra en las solitarias casas sin ninguna puerta que lo detenga.
 ¡ Pero prestar atención a ese silencio ¡ quizás el voluminoso cuerpo de Martinon se acerque al pequeño cementerio a depositar unas flores sobre una vieja lapida con nombre de mujer. 

miércoles, 15 de octubre de 2014

La luz de Beneros

http://issuu.com/guendy/docs/luz_y_tinta_39/1

miércoles, 16 de julio de 2014

El viejo cazador

Fernando Calvo tiene 92 años. Sus cansados ojos han visto muchos amaneceres, y su piernas transitado por parajes que hoy parecen inaccesibles a no ser para rebecos y corzos, las presas a las que daba caza con un rudimentario rifle, fiándolo mas  a su instinto que a su arma. Esa habilidad para cobrar las presas hizo de él una persona muy buscada por los grandes señores, que edificaban suntuosos chalets en la orografía mas salvaje de nuestro parque de Redes. Las piezas mas difíciles era el encargado de disponerlas a tiro para que ninguna jornada se perdiera por no encontrarlas.
Conocía los lugares donde el esquivo urogallo entonaba sus cantos en los fríos amaneceres primaverales, cuando las primeras claridades penetraban en la noche de los hayedos cantábricos. Allí sigiloso, esperaba el sonido inequívoco del ave. Aquel traqueteo repetitivo con que los machos anuncian su presencia antes las hembras. Luego, un certero disparo abatía la pieza como si de un ritual mágico se tratara.

Alguna boda se comió en el pueblo de Orlé, donde hace poco tuvo el encuentro de nuestros amigos moldeadores. No fue difícil cazar cuatro faisanes, como llaman los lugareños a este ave. Hoy, desgraciadamente casi no existen. Han mudado los aires y muchas cosas en nuestros montes, y en los antiguos cantaderos solo se escucha el sonido de las hojas movidas por el viento. Los tiempos han cambiado mucho. Cazadores como Fernando, casi no existen.
Todavía hoy, cuando se sienta en un muro junto a la carretera, fija su vista en los montes del entorno, como taladrando sus bosques con la mirada, adivinando sus sendas, y recordando los lances vividos. A veces, me siento con él, y rápidamente enebra las cacerías que llevo acabo. Enumera los detalles, incluso se acuerda del tiempo que hacia.
Fue furtivo muchos años, y ello le permitió sobrevivir, cuando los tiempos eran realmente difíciles, y la caza era una herramienta de subsistencia importante. Aquellos territorios, desde Caso hasta Ponga, no tenían secretos para él.
En aquellos años era muy frecuente que los mejores cazadores, acabasen en la nómina de algún terrateniente, que de esa forma controlaba a los que le diezmaban de caza sus cotos particulares, y a la vez se aseguraba el perfecto control de las piezas que en él habitaban. Era una buena jugada y que funcionó durante bastantes años a la perfección.
De servir a los ricos y a sus cotos pasó a integrarse en la platilla oficial de la guardería asturiana, allí estuvo hasta su retiro hace 30 años.
Fue cazador y morirá siéndolo, aunque lleva tiempo alejado de esa actividad. Los años no perdonan.
Ya hace tiempo que me pide que lo lleve a Ponga, un concejo lindante con el nuestro, Caso. Quiere volver a mirar desde la comodidad del coche los paisajes que antes recorrían sus piernas. Visitar Taranes y Sobrefoz. Ver si todavía viven los que antes le abrían sus casas para pernoctar y contarse sus vidas. Volver a patear sus caminos, tan cambiados de unos años para acá. Ahora lucen hormigonados y hermosos. Pocas casa se ven viejas. Algunas, incluso convertidas en magníficos hoteles. ¡ Vaya si cambió, me dice ¡ Pero ¿dónde esta la gente?  Antes bullían de vecinos estos pueblos…

Esta es la triste paradoja que encontró nuestro incrédulo cazador. Ya no queda nadie a quien reconozca. Quizás un vago recuerdo a los pocos que preguntamos. En algún caso, una placa dedicada a Dinos, de Taranes, en la pared de lo que fue el bar donde paraba Fernando. Solo una  chapa de metal. Como un epifatio de una época extinguida, de la que con rapidez desvió su mirada.
El coche se alejo por aquella inverosímil carretera que parecía engullida por las imponentes peñas, que curva tras curva nos acercaban a Sobrefoz. La vista siempre de frente, porque a un lado teníamos peña y al otro abismo, incluso unas cabras que a su aire deambulaban por el medio de la carretera, y  que a duras penas se apartaron.
Por fin, apareció el singular y hermoso pueblo de Sobrefoz. Tampoco  reconoció de la imagen que de él tenía. Solo la iglesia permanecía en el mismo lugar. El resto de las casas, aunque antiguas, estaban totalmente remozadas e irreconocibles.
Sin embargo el bar seguía allí, con el mismo nombre: Casa Benigna. Parada ancestral de casinos, entre los que había tratantes, madreñeros, y cazadores como Fernando. Aquello seguía igual, aparentemente. Detrás de la barra eran gente joven. Luego nos dijeron que las hermanas que lo atendían habían muerto. Pedimos unos vasos de vino para hacer tiempo mientras nos servia de comer. Nuestros ojos recorrían las paredes decoradas con cuernos de venado y viejos calendarios.

En una de las paredes, una fotografía en blanco y negro, representaba una partida de cazadores, con unos cuantos jabalíes y un venado. Dirigió Fernando su vista hacia ella, y señalando con un dedo a un hombre espigado y fuerte, de profundo bigote, me dijo: Mira, ese soy yo.

Solo por eso ya mereció la pena el viaje. Probablemente, el último del viejo cazador.

jueves, 8 de mayo de 2014

Cesar, el zuequeru de Orlé

Eran años de penurias y escasez en aquel pueblo de Caso, llamado Orlé.
Situado en una soleada ladera, resplandecía luminoso. Sus casas, algunas de buena construcción denotaban la riqueza que tuvieron sus poseedores. Recias paredes de piedra, columnas de piedra en sus portales, y trabajados corredores de cristal y madera se sucedían por las empinadas callejas, que retorcían su rumbo ascendiendo hasta la parte alta de la pendiente.
                                           Orlé

Cuanta la historia que fue señorío feudal  desde  el año 1200, hasta el último señor que ejerció como tal, D. Juan, el Conceyero, en 1860, cuya casa solariega natal estaba radicada en  el concejo de Villaviciosa. En ese año el coto de Orlé se incorporo al concejo de Caso.
Pero estas historias de gentes  de alta alcurnia, poco tienen que ver con el personaje que hoy tratamos, un ser humilde y cuya vida debió de ser de todo menos fácil.  Cesar Fernández Gómez : Cesar, el zuequeru, nació en ultramar. En Cuba, en el lugar de Marianao. Sabemos que su madre posiblemente  abandonó a la familia compuesta por el padre, Francisco, afilador gallego, y su hermano Antonio. No sabemos la causa, pero acabaron recalando en este pueblo casin, padre e hijos. El padre, primero, y luego los hijos, ocupaban  una humilde vivienda  y sobrevivían de trabajos esporádicos que realizaban para los vecinos. Francisco, era muy hábil injertando y como cantero, venían a buscarlo de muchos pueblos para ello. Murió en Orlé, y sus hijos debieron de sobrevivir por su cuenta. Antonio, el mayor acabó en el pueblo pongueto de Taranes, donde ejerció de guarda de caza, y Cesar continuo en el pueblo hasta su muerte.
Esto son pequeños y casi olvidados esbozos de su vida, recordados al encontrar una vieja foto recuperada en una perdida  caja del desván. En ella vemos a un hombre, de no mucha envergadura, pero fornido, que trae  a sus espaldas un rebeco. Levanta oblicua la mirada hacia el anónimo fotógrafo que en aquellos años paró su vista sobre aquella inusual estampa. Él parece sorprendido del interés que despierta. La imagen es hermosa por lo que nos cuenta. Hombre, animal, y naturaleza en perfecta simbiosis. Como una estampa de los hombres primitivos cuando regresaban de sus jornadas de caza, con las piezas al hombro.
Porque Cesar lo utilizaban unos señores que poseían en lo profundo de la montaña un pabellón, que aún subsiste, de caza. Un opulento chalet que hoy vemos discordante en medio de la hermosura del paisaje, y que cuando abatían rebecos ó corzos, él era el encargado de traer alguna pieza al hombro como vemos en la imagen. Cazaba de forma furtiva y también era un hábil pescador de truchas, que luego vendía y con lo que sacaba rápidamente se dirigía al bar de Orencio, a gastarlo en vino. El apodo de zuequero, le venía de su habilidad para fabricar madreñas ( zuecos)

                                                    Cesar, con un rebeco al hombro

Hablaba defectuosamente, pues le faltaba un trozo de lengua. Contaba que siendo pequeño y haciendo burla de su padre, este le propino una bofetada en el mentón, y como estaba sacando la lengua, al cerrar la boca cortó un trozo. Cosas que pasaban.
También se le recuerda restregando ortigas contra su cuerpo sin que estas  le produjeran ningún picor. Contaban los que le conocieron que en una ocasión que el vino le hizo perder el equilibrio, por su causa cayó en un ortigal del que salió totalmente lleno de ampollas. Quizás aquello sirvió de antídoto y quedó inmunizado para siempre.
Era invitado a todas las actividades propias del medio rural, como matanzas, sextaferias, cacerías, entierros y hasta bodas. Sin duda era un hombre, pese a su pobreza, querido por todos. También sabemos que llegó a tener una hija con una vecina del pueblo, aunque nunca se reconoció de forma “oficial” y por ello era provocado con sorna por sus vecinos, cuando le preguntaban ¿ en qué cama vas a dormir esta noche?
                                          Asturianada en el bar del pueblo. Angelin, a la gaita

Cuando me puse a pensar en el tema de este numero de la revista, me vino  a la memoria  aquella vieja fotografía, donde en una perfecta composición se nos ofrece una visión de lo que era la existencia  en los pueblos de Asturias, no hace tantos años. Todavía viven los que le conocieron, a ellos acudí con la foto para que me contasen su vida.

Esta es la historia de un buen hombre que un día fue inmortalizado por un grande de la fotografía en Asturias, Jose Ramon Lueje, montañero y fotógrafo. Al final nos queda ese hermoso documento gráfico como recuerdo de Cesar, el zuequeru de Orlé.