miércoles, 5 de mayo de 2021

De Contorgan a Arizona. La odisea de un pastor casín

La emigración casina sintetizada en aquel dicho de “zurrón o maleta” tiene en este relato uno de sus rasgos mas singulares. El oficio de pastor en la montaña cantábrica sin duda es duro, pero cuesta imaginarlo a miles de kilómetros de distancia de tu hogar y los tuyos, agravado por el desconocimiento del idioma, la larga aclimatación a una sociedad completamente distinta y entonces bastante más desarrollada, y hacer frente a la soledad en paisajes infinitos Hacia finales de la década de 1940 la escasez de mano de obra tras la Segunda Guerra Mundial precipitó a la industria ovejera de los Estados Unidos a una grave crisis, acuciada además por una restrictiva ley de inmigración. El entonces poderoso lobby de los rancheros presionó para que se hicieran algunos cambios en la Ley, ya que querían pastores cantábricos por su gran entrega y profesionalidad en el trabajo, tal y como venían demostrando desde hacía más de cien años. Fue entonces cuando el gobierno americano abrió una oficina en su Consulado de Bilbao por la que se canalizarían todos los contratos de pastor. Hasta 1966, 1.283 pastores salieron para América a través de la Western Range Association Company, no siendo la única que los contrataba. Varios miles de pastores vascos, leoneses, cántabros y asturianos marcharon a trabajar a los estados de Nevada, California, Utah, Wyoming, Arizona y a los estados del Oeste donde existían por esos años millones de ovejas. Fueron bastantes los que escogieron ese lejano destino, saliendo de nuestro concejo, pero vamos a contar la historia de uno de ellos, con su testimonio directo, Juan Amable Calvo, de Caleao. Diríamos que el comienzo de la aventura se sitúa en Rioseco, donde Arturo dueño de un conocido bar, y taxista, tenía una especie de corresponsalía de contratación, y un año antes ya había preparado los papeles a su hermano Higinio, al que mandó a California.
Era el momento álgido de la construcción del pantano de Tanes, y cientos de trabajadores desarrollaban sus trabajos por aquellos parajes de Cuevallongues, a la vez que el pueblo de Rioseco era un hervidero de bares, con cerca de veinte, que muchos de ellos tenían horario ininterrumpido para atender aquel aluvión de sedientos obreros con dinero caliente y predispuestos a gastarlo. Uno de esos trabajadores debió tentarle mas la aventura americana, que el trabajo en el pantano, porque se apuntó con Juan a probar suerte al oeste que vemos en las películas. El caso es que Arturo los llevó hasta Bilbao, donde el consulado americano los proveyó de papeles para Arizona, y a continuación fueron en tren a Madrid, de allí al aeropuerto, donde un avión los trasladó a Nueva York, y otro directamente a Arizona.
Quiero imaginarme aquellos dos infelices, que apenas habían salido de sus pueblos, en aquel periplo transoceánico, en la inmensidad de aquellos aeropuertos, y logrando al fin llegar a su destino. En Arizona ya estaba uno de los encargados esperándolos. Como si de mercancía se tratara, los subió al coche y se dirigió en un largo viaje al rancho, al que llegaron a las dos de la madrugada. Poco tiempo para descansar, a las cinco ya los levantaron para repartirlos por los diferentes rebaños que tenían por aquellos territorios. Era época de paridera, asi que tuvieron que ir directamente a la faena sin darles margen para aclimatarse.
El rancho estaba como a una hora de Phoenix, donde existía una base militar. -Nuestro trabajo era ininterrumpido, solo parábamos cuando una furgoneta nos traía la comida, nos cuenta Juan en primera persona. No existían descansos ni domingos, ni por supuesto intención de pagarnos, porque a los tres meses reclamamos nuestro sueldo, y nos dice uno de los dueños que no habíamos trabajado lo suficiente, y lo que ponía el contrato, que ni caso le hacía. Mi compañero sin poder contenerla rabia le asestó un puñetazo que acabó con el encargado por los suelos, amenazándonos con que nos iba a denunciar a la policía federal. Por suerte al dia siguiente su hermano se disculpó y nos pagó lo que nos debía. Pero no estábamos a gusto. Mi compañero se marchó y llegó a mis oídos que se había matado en un accidente, asi como otro chaval de La Infiesta, cerca de La Felguerina.
Algún caso se dio, de matar a los pastores, para evitar pagarles. No estábamos ilegales, pero nadie notaria nuestra falta si desaparecemos. Las montañas de Flagstaff, Arizona donde cuidaba los rebaños era una zona desértica, y tenías que cuidarte mucho de serpientes y escorpiones, de vez en cuando merodeaba algún oso. Por eso íbamos armados. Pero eran periodos de varios meses de soledad y aquello se me hacía eterno. Ya en la montaña teníamos un caballo y seis burros, allí Mario, mi compañero, era el que cuidaba las ovejas y yo con el caballo y los burros movía el campamento de una parte para otra, y buscaba el agua y cocinaba, en ese lugar estuvimos hasta que empezó a nevar que ya nos volvieron para el rancho. Alguna situación peligrosa me tocó vivir, Ahora que dices, bandidos si los hubo, en el desierto pase unas noches sin dormir, pues recuerdo que al segundo día empezó un helicóptero a dar vueltas, y al otro día cuando llegó el dueño a traerme comida, me pregunta que si no vi a un fugitivo que se les había escapado a la policía ,y esa noche como a las dos, siento algo moviendo la caravana, y casi me “cago” por qué me habían llevado el rifle y estaba desarmado, y esperé y vi que no trataban de abrir la puerta, y me da por mirar por la ventana y era una vaca que andaba por allí, y se estaba arrascando, pero si lleve un buen susto.
Yo había decidido marcharme, pero no era muy fácil. En ese tiempo yo ya tenía a mi hermano viviendo en Tampa, y empezé a pensar como yo podía irme para allá, y como al año y medio lo decidí, y por mediación de uno de Santander que había trabajado en el rancho y se casó para resolver los papeles ,un día que lo ví se lo dije, y me dijo que sí, que él me ayudaba, así que le dí el dinero y me sacó el pasaje, y un viernes por la madrugada me recogió, y el sábado me fugué para Tampa .Y aquí si pase unos años un poco difíciles, aunque tenía a mi hermano qué estaba ilegal, pero bueno ya conocí a la que hoy es mi esposa, nos casamos y ella me reclamo la residencia, y ya después no me puedo quejar, nunca me faltó el trabajo y formé una familia . Por eso que cuando uno emigra aveces se pasan momentos difíciles, y lo que nunca se te olvida son los verdes de tu tierra, y aquellas humildes cabañas de La Acebal ó Xulió ó La Robre, que valen mas sus piedras que todo lo que pueda contener Arizona ó Idaho.
¡Vamos, ni comparación ¡

domingo, 29 de marzo de 2020

Coronavirus y otras pestes en Asturias



Inmersos como estamos en una terrible pandemia mundial, con tecnología capaz de llegar a Marte y dar la vuelta, pero nos paraliza y nos mata un ser insignificante que hay que ver al microscopio.
Pero esto no es de ahora, ya viene de atrás. Os cuento..
Si por un momento pudiésemos retraernos al pasado, no muy lejano, 150 ó 200 años atrás, veríamos que Laviana, Rioseco o Campo de Caso, eran poco mas que unos grupos de casas agrupadas, generalmente con un rio cerca y tierras de labor donde sembraban hortalizas y cereales, sobre todo maíz. Los pueblos de montaña tenían unas condiciones muy precarias de subsistencia. Las casas son pobres en su inmensa mayoría, y aparecen agrupadas en promiscuidad lamentable, con cuadras y cochineras, hasta el punto que, es común, el techo que cubre la casa del hombre, y el de los animales.
Casas cuadradas de piedra unida por argamasa, sin revoco las mas de las veces, ó en muchos casos toscas paredes con un trenzado de varas de avellano y barro, llamadas de cebatu, en algunas ocasiones blanqueadas con la cal de algún calero cercano, o tintes de cualquier chamizo de hierro  u otro mineral. Ventanas pequeñas, suelos de tierra pisada, y de llávana, cuando se podía.
Vida ciertamente difícil, y generalmente  con abundancia de trabajo, y una alimentación con muchas carencias. Hijos en abundancia, que subsistían casi de manera milagrosa, pues poco tiempo habría para ocuparse de ellos. Todo ello en tiempos que la climatología era severa, con abundancia de lluvia y nieve. En ese paisaje trascurrían las vidas de nuestros vecinos, y quizás los abuelos, o abuelas de alguno de vosotros todavía les hayan tocado aquellos tiempos y hayáis escuchado alguna historia como las que aquí relatamos.
El mal de la dieta de maíz, llamado también mal de la rosa, ó pelagra, era una enfermedad que afectó a muchos habitantes de nuestras aldeas. Fue diagnosticada por Gaspar Casal, médico que trabajaba para el cabildo ovetense, por primera vez en  1735, y pudiéramos decir que tuvo incidencia prácticamente en toda la región.
En su opinión, imbuido por el espíritu de Hipócrates, la achacaba a las alteraciones del clima y a una dieta anómala. Aspecto que dejó reflejado en la monografía titulada "Historia natural y médica del Principado de Asturias". La gente popular la conocía como "mal de la rosa", por el collar de ese color que se formaba en la piel del cuello.
En palabras de Casal, no hay otra que la gane a horrible y contumaz, porque a la observación clínica se presentaba con demencia (trastornos sensoriales), diarrea y dermatitis. A nivel de piel, provocaba una espantosa costra de color negruzco que, penetrando hasta la carne viva, producía gran dolor, quemazón y molestia, localizada en metacarpos, metatarsos y alrededor del cuello. Además, refería que aparecía hacia el equinoccio de primavera y desaparecía durante el verano.

En 1760 pasó a conocerse como "lepra asturiensis" en la "Nosología methodica" de Sauvages. Denominación totalmente errónea, pero en aquella época el concepto de lepra encubría diversas dermatosis y por supuesto la más temerosa de todas ellas, la auténtica lepra, causada por el bacilo de Hansen.
La sospecha inicial ya la había dejado referenciada el propio Casal al indicar que se trataba de una enfermedad que se desarrollaba entre la gente de clase baja, donde imperaba una dieta monótona a base de maíz, pues pocos mas cereales había disponibles, comían muy poca fruta y escasa carne y pescado.
Gracias a las investigaciones del bioquímico asturiano Grande Covián se sabe que la dieta exclusiva a base de maíz provoca la enfermedad, porque la niacina de este grano se encuentra combinada y no puede utilizarse en el aparato digestivo. Además, casi la mitad de las proteínas del maíz corresponde a la zeína, sustancia pobre en triptófano. El mal se puede revertir si aportamos a la dieta el aminoácido carencial juntamente con una cantidad suficiente de vitamina B3, porque con esta combinación el organismo puede sintetizar ácido nicotínico, tal como expone Francisco Grande en "El maíz y la pelagra".

Un punto clave para resolver el enigma planteado estuvo en el análisis de las culturas mexicanas, donde estaba extendido el uso del maíz sin que hubiera enfermedad. La razón para ello residía en el modo de preparación del grano, pues los aztecas y los mayas ablandaban el maíz con una solución alcalina, el agua de cal, para hacerlo comestible. De esta manera se liberaba niacina y triptófano, que se absorbían en el tubo digestivo.
El maíz, como seguramente conocen, llegó desde América. En México ya se cultivaba hace al menos 7.000 años y en cuanto los conquistadores lo descubrieron se dieron cuenta del potencial que podía tener para matar el hambre en Europa. Cuentan que el primero en pasar el charco con él fue un asturiano, el almirante D. Gonzalo Méndez de Cancio, que había sido gobernador y capitán general de La Florida y que trajo en 1604 dos arcas llenas de semillas para sembrarlo en sus heredades. Efectivamente, consta que al año siguiente se recogió en la zona de Tapia de Casariego, donde él vivía, una buena cosecha, pero sabemos que el cereal ya se daba en Sevilla desde mediados del siglo XVI y también en Asturias donde Marino Busto ha localizado un testamento fechado en Carreño en 1598, en el que los herederos reciben entre otros bienes «una fanega de maizo y otra de panizo»
El Padre Feijoo dejó escrito sobre la miseria de los campesinos asturianos que «sus vestidos, sus camisas, sus lechos y sus habitaciones son semejantes a sus alimentos: cuatro trapos cubren sus carnes, o mejor diré, que por las muchas roturas que tienen las descubren. La habitación está igualmente rota que el vestido, de modo que el viento y la lluvia se entran en ella como por su casa », de manera que todo servía para aliviar la necesidad: las cañas y los tarucos valían como forraje, e incluso los más pobres empleaban las hojas de las panoyas  como relleno de sus colchones. 
Quizás conmocionado por esa realidad que encontró en su pueblo de Soto de Agues, Fernando Blanco, indiano que retorno con riqueza, sufragó de su bolsillo la traída de aguas desde la fuente El Carrascal al pueblo, en el año 1919, siendo el primer pueblo del alto Nalón, incluida Laviana, si los datos no nos engañan, en disponer de agua corriente en las casas
.
Poco a poco la dieta alimenticia fue haciéndose mas variada, plantándose centeno y escanda, trigo en algunos lugares, de Caso sobre todo, y aquella terrible dolencia fue poco a poco desapareciendo, a la vez que mejoraron las condiciones de limpieza gracias al agua corriente que salía de los grifos.
Otra cruel epidemia causo muchas muertes en el pueblo de Beneros, en este caso fue el tifus, en los años de la postguerra, debido a contagios externos y las pocas condiciones higiénicas en las viviendas.

El primer brote de esta enfermedad infecto-contagiosa se registró en Asturias en 1573 y su mayor foco surgió en Nava en 1786. En 1875 apareció en Villaviciosa, Piloña y Colunga. Un año después lo hacía de nuevo en Colunga, donde entre marzo y diciembre provocó 127 muertes (28 hombres, 32 mujeres y 67 niños). En diciembre de 1876 brotó en Cangas de Onís, con 24 contaminados y 6 muertos. En 1883 la encontramos en Las Regueras. No obstante, el punto más dramático lo situamos en Nava el 5 de junio de 1786, donde, según la crónica de Antonio Carreño y Cañedo, alférez mayor de Oviedo y diputado del Principado de Asturias, indicaba al señor regente que el mal llevaba asentado dos años y había matado "adultos de setenta a ochenta y de párvulos de cuarenta a cincuenta". Del concejo en cuestión opinaba que reinaba la escasez de comida, la falta de higiene personal y la suciedad en el ambiente. Su curva de acción preferente es en el invierno y la primavera. También es conocida como fiebre pútrida, fiebre pulicular o punticular, pulgón tabardillo o tabardete o pintas, para nosotros los asturianos tabardillu pintu. Trasmitido por piojos o pulgas
.
En algunos de nuestros pueblos, todavía podemos contemplar las míseras casas donde hacían su vida nuestros antepasados, aunque hoy afortunadamente rivalizan por su belleza y gozan de todas las ventajas sanitarias. Sin embargo, en la actualidad, ni la higiene, ni la buena alimentación, sin carencia de vitaminas, no evitó que un virus microscópico esté produciendo tantas muertes en el mundo, y lo que es peor, sin ningún medicamento que nos defienda. Allí nos tiene enclaustrados en nuestras casas, y evitando todo contacto con nuestros vecinos y ciudadanos.

miércoles, 12 de febrero de 2020

El hombre del transitor


Tenían ganas de conocer a Tito, y habíamos planeado varias veces la visita, pero por unas cosas y otras fue quedando para atrás. Esta vez, dijimos que adelante, y allá quedamos en el Parque de Redes dispuestos a pasar un día, encima radiante, entre paisaje, paisanaje y fotografía.
La venta de Les Lleres, que algún amigo conoce, es un lugar que nunca te defrauda. La vieja y decrepita casona, allí se nos descubre después de un corto trayecto entre bosque, mientras por un rustico puente cruzamos el rio Orlé, que cantarín serpentea entre piedras, donde el tiempo borro aristas que el agua rodea con sus brazos de espuma blanca. La mirada se derrama por un valle de prados verdes, curiosamente no se ven vacas y ovejas, que en previsión de nieve aguardan tranquilas en los establos.
Desde fuera de la portilla ya divisamos la figura de nuestro anfitrión, que nos espera apoyado en su cayado. Al llegar le doy un abrazo. Y le presento a mis amigos a los que saluda campechano. Le digo que esta vez no llevamos ninguna mujer como modelo, pero le prometo que en este año algo haremos en su casa, alguna sesión fotográfica, con las guapas mozas a lo que lo tenemos acostumbrado.
Tito es un personaje singular. Vive con su hermano Toni en el cercano pueblo de Nieves. Tiene creo cerca de los ochenta años, si no los dejo atrás, pero, aunque tuvo en años pasados algún escarceo amoroso, no fue lo suficiente para retirarlo de la soltería impenitente de tantos varones célibes que habitan nuestros pueblos.



Y se viene en su coche casi todos los días a este viejo caserón del siglo XVII que nunca sufrió reformas, mas allá de retejar de vez en cuando. Y pasa las mañanas atendiendo a sus animales y sentado delante del fuego que chisporrotea alegre, luchando para calentar la amplia cocina, donde un sofá cama, cubierto con tosca manta, acoge el reposo en las largas horas que le dejan las vacas entre las cebas de mañana y tarde.



Un viejo transistor le hace compañía. Dice que lo prefiere mas que la televisión, que solo la pone en su casa mas que para ver “el parte”. Es esa compañía fiel que te cuenta cosas que pasan, que asistes como oyente a los muchos debates y tertulias, donde tú, que eres perro viejo, sabes que mucho de lo que dicen es mentira. Y la conversación deriva sobre el abandono de nuestros pueblos, casi tema obligado, cuando tenemos presente a uno de sus exponentes. Y nos dice que sí, que esto se acaba, “Nadie sabe qué ocurrirá en una generación”. Falta de oportunidades, emigración, desarticulación, envejecimiento, despoblación, extinción. Esta es la realidad de la España que desaparece del mapa. “Es como un cáncer: se lo va comiendo todo, sin parar. Es horrible”, por mucho que los expertos apunten propuestas, que, aunque suenen muy bien son irrealizables. Él nos dice que detrás de ellos ya no queda nadie que continúe con esa labor. Tienen buenas tierras y casas como les LLeres, por la que pagó hace muchos años trescientas mil pesetas. Un dineral, de aquella, pero hoy languidece cuando ves en algunas de las partes de la finca, avanzar pequeñas manchas de helechos y matorral, aprovechando que estos meses el ganado está guardado.
Y te da tristeza porque sabes que es cierto, que la naturaleza es preciosa y es reconfortante disfrutar de ella, pero muy pocos la cuidan y se preocupan de que una tierra por bonita que sea, sin vecinos no existe paraíso, o como escuchamos no hace mucho a una periodista,
Hoy, solo como detalle, poco más de treinta niños van a un solo colegio de la capital del concejo. Antes, cualquiera de los veintidós pueblos que lo componen, tenía mas niños en edad escolar.
Una inmersión a la realidad de un mundo que desaparece, una visión desde nuestras cámaras fotográficas, y una oportunidad que quizás en breve no podamos repetir, cuando nadie encienda el transistor de nuestro amigo Tito.
Creo que Tito disfrutó de nuestra compañía, porque amablemente posaba para nosotros en los lugares donde le mandábamos ponerse. Quizás también él es un poco presumido, y recordaría las mismas sugerencias a las guapas modelos que recorrieron esos mismos salones y corredores, y el repetía las posturas que guardaba en su memoria.



Reconozco que cuatro fotógrafos podemos llegar a ser muy pesados, pero también os puedo asegurar que nuestro anfitrión en ningún momento puso gesto de cansancio o aburrimiento, solo apagó el transistor para que el locutor no lo distrajera de su labor como modelo.
Que gente como Tito nos dure muchos años.

martes, 3 de diciembre de 2019

Bueres, su historia


Bueres. Datos históricos. 1
La parroquia de Santiago de Bueres, situada en la margen derecha del rio Orlé, afluente del Nalón, tiene 27 Km2, y forma junto los pueblos de Nieves y Gobezanes y el que le da nombre, la Tercia de Bueres. Entidad menor y parroquia rural.
El topónimo Bueres, podría derivar de la palabra latina, boven, acusativo de bos- bovis (buey- vaca), seguido del abundancial arius, prefijo colectivo que indica “lugar donde hay mucho”.
Sin duda Bueres recibiría ese nombre por tratarse de un lugar donde abundaba el ganado bovino, o los buenos pastos, creemos que pudo ser majada de verano de los pueblos del valle, como Tanes.
En algunos documentos figura con las variantes de Buyeres o Buieres, aunque Bueres es la forma mas antigua y usual de denominarlo desde tiempo inmemorial, según encontramos en documentos anteriores del siglo XVII. Buyeres figura redactado por escribanos foráneos en siglos mas recientes.
En documentos muy antiguos figuraba un territorio denominado Noántica, que según Carlos Floriano, estaba situado en Caso, en la confluencia del Rio Orlé con el Nalón, y tierras adyacentes. En el monasterio de Sahagún, que junto con el monasterio de Eslonza, tuvo gran influencia y posesiones en el concejo casín, se encontró un escrito donde se menciona una compraventa en este territorio, hecha por el matrimonio formado por Tegitu y Ponia, a Carito y su mujer Vitalia, de toda su heredad en Noántica, en el valle de Caso.
En 1385, en el inventario de parroquias incluidas en el libro becerro de la catedral de Oviedo, figura : Santiago de Bueres husa apresentar el beneficio simple e el de la capellanía. Es capellán Domingo Ioaniz, e beneficiado Fernán Pérez. Ha de manso ocho días de bues. Paga de procuración cuarenta e cuatro maravedíes.
La iglesia de Bueres, edificada sobre los restos de una anterior, está fechada entre los siglos XVII y XVIII, situada en la parte alta del pueblo, y a poca distancia del pueblo de Nieves, con quien comparte culto y cementerio. A pocos metros se levantan dos imponentes texos y una tilar, allí se celebraban los conceyos abiertos, convocados al son de campana tañida, y si llovía, en el cabildo.
En 1803, la única campana que tenia se fundió, siendo párroco D. Gabriel García, para hacer dos de tamaño mediano, y se encargaron al maestro campanero, Manuel de Albear, de Ampuero (Cantabria), que una de ellas figura colgada cerca de la casa del Ribero, en unos mástiles que se pusieron siendo alcalde Gaspar Vega. En ese lugar se celebraban las juntas, los domingos al medio día.
En el pueblo de Bueres hubo dos capillas. Una dedicada a Sta. Catalina, que no se sabe dónde estaba situada, pero parte de sus restos figuran desperdigados en muros y paredes de cuadras y tenadas de muchas construcciones. Sabemos que, en el año 1700, el mayordomo y patrono de Sta. Catalina era Juan del Prado del Pandiello, donde dice que la capilla formaba parte de una casería con casa, hórreo, y dos molinos. Tenemos datos reales de varios de sus mayordomos, y un detalle singular que nos cuenta que, en vista de su deterioro y mal estado, en 1785, el párroco D. José de Bueres vende el cáliz y la patena, para con su producto renovar paredes y techo por lo menos. Después pone en arriendo la vega del molino de Candín, en treinta ducados, según figura en el libro de cuentas.
La otra capilla es la de Sta. Cecilia, situada en la carretera que va al pueblo de Nieves. Esta fue incendiada durante la guerra civil, y quemada su imagen, techos y una gran puerta que tenía. Hoy esta desacralizada, se usa como leñeru y es de propiedad privada. Según datos que tenemos, el mayordomo de la citada capilla en 1738, era José de Buyeres, y junto a la capilla estaba la casa rectoral, con su hórreo, establo y huerta. Estos edificios ya no existen, y en su lugar se edificó una escuela, que hoy sirve como centro social a los vecinos de Bueres.
En Bueres existe una casona que ostenta un escudo heráldico en su fachada. Solamente existen dos auténticos de blasón noble. Uno en Prieres, de la familia Caso de los Cobos. 1638, y este de Bueres de la familia García, de finales del siglo XVIII.
Sabemos que sus primeros propietarios se apellidaban Testón, que fueron sus dueños desde tiempo inmemorial.
A finales de 1700, su heredera se casó con un hidalgo piloñes, apellidado García, que fue el que puso el escudo. Tuvieron dos hijos al menos, que nacieron en esa casa. El primogénito, que no sabemos el nombre, fue el heredero. Su hermano Antonio García Testón, inmigro a Sevilla donde hizo gran fortuna, y después regreso a Asturias, fijando su residencia en Piloña, donde se casó.
Allí, en Pedrueco, compro una casona que decoro con muebles y obras que trajo de Sevilla, que hoy conservan sus herederos.
María García Testón, con quien se pierde el apellido era nacida en Bueres, y sobrina del citado Antonio, de quien era prohijada. Todavía se conserva entre los muebles heredados, una cama con el mismo escudo que el de Bueres. Falleció en 1985
En los años 50 se vendió a los actuales propietarios, vecinos del pueblo, aunque no se utiliza más que como cuadra y garaje.

El topónimo Bueres significa a una saga de apellidos del mismo nombre, que según la leyenda se remonta a la batalla de Covadonga, donde un guerrero casín, Suero Buyeres de Caso, fue lugarteniente de Pelayo, y según dicen las crónicas en la batalla se le apareció una cruz en el cielo, que ayudo a derrotar a los moros, y es la que hoy figura en el escudo del concejo “el bien del cielo nos vino”
Creemos que del mismo tronco original radicado en Bueres, salieron dos ramas, una en Tanes, con derivación en parte a Sobrescobio y Laviana, y otra en Tarna, asentada en el siglo XVIII. De este último lugar desapareció en la actualidad, pero se mantiene en varios lugares de Asturias, como Boal, Oviedo, y países europeos, incluso en el continente americano. Pudo originarse el apellido a causa de ser señores jurisdiccionales de este territorio, o incluso de sus primeros habitantes. Sabemos que en 1591 había en Bueres cincuenta y cinco vecinos, y ya existía un Pedro de Bueres.
El documento más antiguo donde se menciona este linaje es de 3 de mayo de 1499, donde los Reyes Católicos, nombran a Álvaro Bueres como escribano del concejo de Caso.
Todos los vecinos de Bueres eran hidalgos. Eran de realengo, con capacidad de administrarse con sus propias normas, y exentos de levas ni otros servicios al rey. Sin embargo, en los otros dos pueblos, Nieves y Gobezanes, el setenta por ciento eran pecheros. Con razón los vecinos tenían el apodo de “pechos nobles”
El condado de Noreña y los condes de Revillagigedo en Gijón, tuvieron tierras en esta parroquia, pero uno de sus mas famosos vecinos, aunque muy desconocido para la mayoría, fue Martin Díaz de Prado, lugarteniente de Alfonso VII, quien le donó en 1146, grandes propiedades en Caso y León, entre ellas Tarna, Sobrecastiello y Veneros, aparte de sus tierras en Bueres y Nieves. También la villa de Anciles, de la que era señor, en la comarca de Riaño.
Este caballero en la hora de su muerte, y quizás para ganarse el perdón divino, ofreció todas sus posesiones a los monjes benedictinos de Eslonza, en León, con la condición de ser enterrado en sus monasterios. Por eso los grandes propietarios monacales de Eslonza, Sahagún, en tierras leonesas y monasterio de la Vega en la capital asturiana, tuvieron siglos recogiendo diezmos y quesos casinos, en algunos de sus viajes.
Nuestro buen hombre allí reposa en el monasterio de Sta. Mª de Gradefes, en un sarcófago de piedra cuya imagen yacente representa su figura.

Hoy desgraciadamente de aquel pasado esplendor donde los arrieros de la Tercia conducían sus recuas a través de caminos reales y senderos, llevando y trayendo mercancías de tierras castellanas y puertos cantábricos, poco o nada queda. La abundante cabaña ganadera, subsiste aunque muy disminuida.  Un par de ganaderos jóvenes que mantienen algún rebaño en los puertos de Ovia y Arnicio, y jubilados que rehabilitaron sus casas y desde ellas contemplan el paso del tiempo. El pueblo y sus casas en estado de revista, aunque muchas de ellas cerradas y siendo difícil encontrar vecinos por sus calles, sobre todo en invierno. Sigue manteniendo su belleza, un paisaje impresionante, si acaso cambiando las antiguas erías y prados de siega, por el avance del matorral que lo acaba devorando y tapando las antiguas caserías.
Se mantienen dos bares abiertos, uno de ellos con parrilla restaurante, y dos casas rurales que alquilan apartamentos. Merece la pena acercarse a la Tercia. Los sitios a visitar no defraudan, como los que aqui reseñamos, sobre todo un chigre todo terreno como La Portiella de Luisa y Gustavo. En la misma carretera.

Datos extraídos del libro El Concejo de Caso, de Blanca y Ángel Bueres Santa Eulalia


Escudo de los Garcia

Escudo de D. Suero de Buyeres. Lugarteniente de Pelayo

Vecinos "historicos" de Bueres

Iglesia de Santiago

Bueres


Casa del Cascayu
Restos capilla Sta Cecilia

Posible campanario capilla Sta Catalina. Cuadra de Nieves



Delante del Riberu

Vecinos de Bueres 1930

Bueres 1960

Emiliano, del bar La Portiella

De la casona de los Garcia

Josef de Bueres. Tarna

Los Bueres de Tarna

Angel Santos Bueres, de Sopalaciu

Angel Santos y Amalia Capellín, de Orlé

Antonio Bueres Capellin y Luisa Escribano con sus hijas Carmen y Dolores, y tres de sus hijos

Nota necrológica de D. Antonio Bueres Capellín

Firma de Antonio Bueres 1860

Joseph de Bueres

Documento donde los Reyes Catolicos nombran a Alvaro de Bueres, escribano de Caso 1499


domingo, 1 de febrero de 2015

Una matanza en el fragor de Los Beyos

Tiempos duros, los que duro la posguerra. Hoy con el paso de los años, tendemos a olvidar unos hechos que marcaron profundamente a una generación de españoles que los tuvieron que vivir en sus carnes. Dicen que hubo mas muertos en los años posteriores a la terminación de la guerra, que en  ella misma. Solo conocemos los testimonios que poco a poco van saliendo a la luz, pero quizás nunca se llegue a saber el verdadero alcance de aquella lucha fraticida que tiño a nuestro país de vergüenza y de odio entre hermanos y vecinos. En uno de mis viajes al concejo hermano de Ponga, escuche este relato a uno de los “viejos” que todavía quedan en el pueblo. Previamente ya lo había narrado a un historiador que se lo solicitó para un libro sobre los del “monte”, como eran llamados los que huían por su pasado político ó por delaciones. La vida que les esperaba, era ciertamente infame. Más propia de alimañas que de hombres. Sin refugio, ni comida, huyendo constantemente para no ser atrapados, porque eso significaba la muerte inmediata. Era una situación donde el terror amedrentaba a muchos pueblos, en gran parte de los casos sin saber ni participar en ideologías políticas, como las de muchos de aquellos hombres que después de haber perdido la guerra todavía tenían que seguir luchando, sin apoyo ninguno, para al final ir cayendo bajo las balas uno a uno, acorralados y hambrientos, y en el peor de los casos, sufriendo tortura para morir. En algunos procesos sus familiares directos pagaron con su vida el no delatarlos. Esto es un retazo de aquellas  existencias que hoy nos sobrecogen.

                                                             Rincon de Viboli 


Una historia de muertos y guerra. Ocurrio en Viboli y Viegu, y es cierta como la propia vida.

Cuatro muertos en Viego 
Corre el mes de octubre del año 47, los atrasados pueblos de las montañas de Asturias luchan contra la escasez y los rescoldos de la guerra reciente. Cuatro “fugaos”, Cándido, Josepón, el Rubio de la Inverniza y Abelardo de La Matosa, pasan de los montes de León a lo profundo de Los Beyos. El 17, se acercan al recóndito pueblo de Viboli, y atracan el bar del pueblo. 
Al día siguiente se acercan a Viego, pueblo cercano. Van con la intención de coger las armas de algún cazador. Cándido y El Rubio, cuando ya oscurecía, se quedaron en una cabaña en la que fueron metiendo a todos los pastores que encontraban por el camino, mientras Josepon y Abelardo cogieron al indiano Jaime Bulnes, y lo cachearon quitándole ocho mil pesetas que llevaba encima. Jaime Bulnes no siguió los consejos de su madre, que, al salir de casa a ver el ganado le advirtió: - No salgas con dinero, que ayer los del “monte” atracaron en Viboli.
Jaime se rió: - sabe Dios donde estarán ya
- Quien le iba a decir que allí mismo.
Le preguntó quien del pueblo tenia dinero. Contesta, que nadie, que todos en el pueblo son pobres como ratas. No conforme con la contestación, los dos guerrilleros le obligan a indicarles cual era la casa de Julio, el alcalde. Por el camino se encontraron con el padre de este, Hilario, al que también llevan por delante a casa de su hijo. La casa también era bar. Entraron y allí se encerraron con ellos. Piden dinero. El alcalde responde que no tienen nada. Mandan a su mujer a pedir a los parientes del pueblo, y plata y relojes, todo lo que hubiera de valor. Al poco de salir la mujer, hizo acto de presencia en el pueblo la guardia civil. Era el cabo Cosme y cuatro números de Cangas de Onís, con ellos llevaban a un vecino para que les indicara el bar. No sabían nada. Cuando llegan, el vecino pica, y dice – abre, Julio, que es la guardia civil.

                                                                        Fugaos muertos por la Guardia Civil   
                                                                       
Abelardo y Josepon subieron las escaleras de la casa para ver si podían saltar por la parte de atrás, pero las ventanas eran muy pequeñas y no había manera. Así que bajan y abren la puerta con Jaime Bulnes por delante. A la vez que abren, disparan; los guardias se ven sorprendidos. El cabo resulto muerto en el acto, y herido el guardia Felipe Cantobrana. El indiano hace un quiebro y se les escapa, volviendo a entrar en casa. Los dos guerrilleros huyen monte abajo. El Rubio y Cándido preparan sus armas; el guardia herido se arrastró hasta ponerse a cubierto, los otros dos están petrificados.
El joven Laureano, que volvía con una carga de hierba, después de oír los disparos sale a inspeccionar el ambiente, y el Rubio le da el alto en la oscuridad. Asustado no contesta, y el guerrillero le dispara una ráfaga que lo fulmina. También el padre del alcalde salió al exterior y fue muerto por el Rubio. Después huyeron monte abajo.
El guardia civil herido, no fue llevado al hospital hasta el día siguiente. Ya era tarde, acabo falleciendo en presencia de su mujer encinta, a la que le había mandado una nota, diciendo que lo habían herido, pero que no era de importancia. La nota la llevo Teresina Cardin,la cartera del pueblo a la casa del agente, en Villamayor. 

viernes, 30 de enero de 2015

Martinón, de Llué

Corría el lejano año de 1893. En los enriscados parajes del concejo de Ponga, existe un lugar como perdido en el mundo. Es un sitio de difícil acceso, pero de una belleza que hechiza a cualquiera que  se deje caer por aquel lugar. Se llama Llué. Mirarlo en algún mapa, y si vuestras piernas os lo permiten, no dejéis de visitarlo. Os aseguro que no será fácil de olvidar por su hermosura. Es un edén, oculto por las montañas que lo protegen.


Llué 1897  cazando el oso

Hoy, solo podéis descubrir tapadas por la maleza, los restos de lo que fue la cabaña de Martinón. Un hombre de gran fortaleza que vivió en aquel lugar, antaño provisto de cabaña, molino, y establo de ganado, y del que solo se desplazaba para adquirir alguna cosa que allí no era posible producir, como café, tabaco, ó azúcar, al distante San Juan de Beleño ó Puente Vidosa, viaje que bien le podía consumir el día entero, pese a ser ágil en sus desplazamientos.
Llegó un día en que nuestro hombre, conoció una buena muchacha, en un pueblo pongueto, y matrimonió con ella.
Contento y feliz, aparejó una cabalgadura y dispuso a la mujer en el caballo, dirigiéndose por los intrincados pasos que a través de aquellos despeñaderos, llegaban a la aldea de Tolivia, donde fue recibido con gran alborozo por sus vecinos, que se alegraban de que su distante vecino, mitigase su soledad con la compañía de una buena esposa. Martinón, pese a vivir en lugar tan inhóspito, era querido por todos, pues siempre se brindaba a ayudar a quien lo necesitara.
No hacia mucho que en una cacería donde participaba gente de la nobleza, que se desplazaban en busca del oso, cazado este, se despeñó a un profundo abismo del todo inaccesible. Nuestro hombre se brindó a rescatar la pieza, y brincando entre las peñas desapareció en la negrura de la sima. Durante un tiempo, solo se oía el crepitar de las ramas y ruidos de piedras que rodaban hasta desaparecer en el río que discurría por el fondo. Al poco, hizo su aparición la corpulenta mole de nuestro hombre que cargaba con un oso de más de cien kilos sobre sus espaldas. La pendiente parecía dificultosa de ascender, encima con aquella pesada carga a sus espaldas, pero en Martinón todo era posible. Por eso era tan grande su fama.
El invierno se presentaba con extremada dureza, y la nieve dificultaba realizar las más sencillas faenas. Un manto espeso cubría Llué, convirtiendo las praderas en un lago blanco.
Para colmo su mujer se encontraba mal, y aquella enfermedad no daba síntomas de remitir, pese a las pócimas y reposo que Martinón le ofrecía. El buen hombre, desesperado, había probado todos los remedios que conocía, y para colmo la nieve impedía moverse para buscar ayuda en los pueblos más cercanos. Durísima la vida de aquellas gentes, fiando su salud, solo a su resistencia a las enfermedades, y a la suerte.
Al final, la vida de su querida compañera se extinguió, y aquel hombre quedó solo con su pena y la soledad, en medio de aquel terrible silencio de la majada de Llué.

Caserio de Llué, sobre 1900

La empinada cuesta que conducía al collado de Lleces, era dura, aún en condiciones normales, con nieve era una empresa casi imposible ascender  el cuerpo de su esposa para darle sepultura en la aldea de Tolivia. Ella, yacía inmóvil en la humilde alcoba de la pobre cabaña donde desarrollaban sus quehaceres, su vida no pudo apenas compartirla con aquel hombre que escogió por esposo. La tristeza de Martinón era infinita, pero ahora lo que tenía que hacer era conservar el cuerpo de su mujer, hasta que le fuera posible enterrarla en el cementerio de Tolivia, cuando la nieve y el temporal lo permitiera.
Cogió una pala, y bajo el fresno que tenia junto a la cabaña, excavó un hueco, donde cogiera el cadáver de su esposa, luego lo cubrió con un montón de nieve, de forma que el frío mantuviera aquel ser sin descomponerse.
La noche enseguida cubrió de negrura la majada, y Martín atrancó la puerta y se dispuso a acostarse después de haber comido algo  para acallar el hambre que su cuerpo le reclamaba.
Pronto, solo se oía el viento correr libremente por el anfiteatro de Llué. La tormenta de nieve parecía que había cesado por el momento. De repente un aullido rasgo el silencio, y este fue contestado por varios, que pronto inundaron aquel escenario. La realidad era terrible, y solo un hombre de aquel temple, la encajaba sin desmoronarse de miedo. No había nadie más que él y los lobos, en aquel pequeño espacio. Abrió la puerta de la cabaña, y la luna bañaba una escena sobrecogedora. Alrededor de la tumba que había excavado para enterrar a su esposa, cuatro lobos intentaban apartar la nieve con sus patas, para alcanzar el cuerpo de la mujer. Cogió la vieja escopeta, y apuntando casi a ciegas detono un disparo que puso en fuga a los animales, luego procedió a desenterrar el cuerpo de su mujer e introducirlo en casa, depositándolo a lo largo del escaño. Tenía que subirlo como fuera a Tolivia y darle sepultura en el cementerio.
Nada mas amanecer, y con la nieve todavía dura a causa del frío, envolvió el cuerpo de su esposa en unas viejas mantas y lo amarró con cuerdas, luego se lo echó a la espalda y inició la dura subida al collado de Reces, que daba paso a la aldea. Fue un trabajo de titanes, por las duras condiciones reinantes. Al dejar la collada el monte cambia de ladera y el mundo de Llué desaparece. Martín encuentra el sol remontando los beyos de Tolivia. Se siente la fuente y el río. Desde la posa de Cociyón, Martín descansa y ve la forma de las casas. Contempla cómo se eleva una docena de humos a perderse en el aire limpio de Tolivia, y a voces pide auxilio.

                                                  
                                                              Llué en la actualidad

Enseguida algunos mozos y mujeres del pueblo llegan hasta él y le prestan ayuda. Está al límite de sus fuerzas, pero todavía resiste hasta el cementerio y allí abren una fosa donde depositan el cuerpo de la mujer que le brindó días de felicidad mientras pudo compartirla junto a ella.
Hoy, Tolivia, ya no existe a nivel humano. No hay vida en el recóndito pueblo. Solo el viento del olvido pasea por sus caminos y entra en las solitarias casas sin ninguna puerta que lo detenga.
 ¡ Pero prestar atención a ese silencio ¡ quizás el voluminoso cuerpo de Martinon se acerque al pequeño cementerio a depositar unas flores sobre una vieja lapida con nombre de mujer. 

miércoles, 15 de octubre de 2014

La luz de Beneros

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