miércoles, 5 de mayo de 2021
De Contorgan a Arizona. La odisea de un pastor casín
La emigración casina sintetizada en aquel dicho de “zurrón o maleta” tiene en este relato uno de sus rasgos mas singulares.
El oficio de pastor en la montaña cantábrica sin duda es duro, pero cuesta imaginarlo a miles de kilómetros de distancia de tu hogar y los tuyos, agravado por el desconocimiento del idioma, la larga aclimatación a una sociedad completamente distinta y entonces bastante más desarrollada, y hacer frente a la soledad en paisajes infinitos
Hacia finales de la década de 1940 la escasez de mano de obra tras la Segunda Guerra Mundial precipitó a la industria ovejera de los Estados Unidos a una grave crisis, acuciada además por una restrictiva ley de inmigración. El entonces poderoso lobby de los rancheros presionó para que se hicieran algunos cambios en la Ley, ya que querían pastores cantábricos por su gran entrega y profesionalidad en el trabajo, tal y como venían demostrando desde hacía más de cien años. Fue entonces cuando el gobierno americano abrió una oficina en su Consulado de Bilbao por la que se canalizarían todos los contratos de pastor. Hasta 1966, 1.283 pastores salieron para América a través de la Western Range Association Company, no siendo la única que los contrataba. Varios miles de pastores vascos, leoneses, cántabros y asturianos marcharon a trabajar a los estados de Nevada, California, Utah, Wyoming, Arizona y a los estados del Oeste donde existían por esos años millones de ovejas.
Fueron bastantes los que escogieron ese lejano destino, saliendo de nuestro concejo, pero vamos a contar la historia de uno de ellos, con su testimonio directo, Juan Amable Calvo, de Caleao.
Diríamos que el comienzo de la aventura se sitúa en Rioseco, donde Arturo dueño de un conocido bar, y taxista, tenía una especie de corresponsalía de contratación, y un año antes ya había preparado los papeles a su hermano Higinio, al que mandó a California.
Era el momento álgido de la construcción del pantano de Tanes, y cientos de trabajadores desarrollaban sus trabajos por aquellos parajes de Cuevallongues, a la vez que el pueblo de Rioseco era un hervidero de bares, con cerca de veinte, que muchos de ellos tenían horario ininterrumpido para atender aquel aluvión de sedientos obreros con dinero caliente y predispuestos a gastarlo.
Uno de esos trabajadores debió tentarle mas la aventura americana, que el trabajo en el pantano, porque se apuntó con Juan a probar suerte al oeste que vemos en las películas.
El caso es que Arturo los llevó hasta Bilbao, donde el consulado americano los proveyó de papeles para Arizona, y a continuación fueron en tren a Madrid, de allí al aeropuerto, donde un avión los trasladó a Nueva York, y otro directamente a Arizona.
Quiero imaginarme aquellos dos infelices, que apenas habían salido de sus pueblos, en aquel periplo transoceánico, en la inmensidad de aquellos aeropuertos, y logrando al fin llegar a su destino.
En Arizona ya estaba uno de los encargados esperándolos. Como si de mercancía se tratara, los subió al coche y se dirigió en un largo viaje al rancho, al que llegaron a las dos de la madrugada.
Poco tiempo para descansar, a las cinco ya los levantaron para repartirlos por los diferentes rebaños que tenían por aquellos territorios. Era época de paridera, asi que tuvieron que ir directamente a la faena sin darles margen para aclimatarse.
El rancho estaba como a una hora de Phoenix, donde existía una base militar.
-Nuestro trabajo era ininterrumpido, solo parábamos cuando una furgoneta nos traía la comida, nos cuenta Juan en primera persona. No existían descansos ni domingos, ni por supuesto intención de pagarnos, porque a los tres meses reclamamos nuestro sueldo, y nos dice uno de los dueños que no habíamos trabajado lo suficiente, y lo que ponía el contrato, que ni caso le hacía. Mi compañero sin poder contenerla rabia le asestó un puñetazo que acabó con el encargado por los suelos, amenazándonos con que nos iba a denunciar a la policía federal.
Por suerte al dia siguiente su hermano se disculpó y nos pagó lo que nos debía. Pero no estábamos a gusto. Mi compañero se marchó y llegó a mis oídos que se había matado en un accidente, asi como otro chaval de La Infiesta, cerca de La Felguerina.
Algún caso se dio, de matar a los pastores, para evitar pagarles. No estábamos ilegales, pero nadie notaria nuestra falta si desaparecemos.
Las montañas de Flagstaff, Arizona donde cuidaba los rebaños era una zona desértica, y tenías que cuidarte mucho de serpientes y escorpiones, de vez en cuando merodeaba algún oso. Por eso íbamos armados. Pero eran periodos de varios meses de soledad y aquello se me hacía eterno. Ya en la montaña teníamos un caballo y seis burros, allí Mario, mi compañero, era el que cuidaba las ovejas y yo con el caballo y los burros movía el campamento de una parte para otra, y buscaba el agua y cocinaba, en ese lugar estuvimos hasta que empezó a nevar que ya nos volvieron para el rancho.
Alguna situación peligrosa me tocó vivir, Ahora que dices, bandidos si los hubo, en el desierto pase unas noches sin dormir, pues recuerdo que al segundo día empezó un helicóptero a dar vueltas, y al otro día cuando llegó el dueño a traerme comida, me pregunta que si no vi a un fugitivo que se les había escapado a la policía ,y esa noche como a las dos, siento algo moviendo la caravana, y casi me “cago” por qué me habían llevado el rifle y estaba desarmado, y esperé y vi que no trataban de abrir la puerta, y me da por mirar por la ventana y era una vaca que andaba por allí, y se estaba arrascando, pero si lleve un buen susto.
Yo había decidido marcharme, pero no era muy fácil. En ese tiempo yo ya tenía a mi hermano viviendo en Tampa, y empezé a pensar como yo podía irme para allá, y como al año y medio lo decidí, y por mediación de uno de Santander que había trabajado en el rancho y se casó para resolver los papeles ,un día que lo ví se lo dije, y me dijo que sí, que él me ayudaba, así que le dí el dinero y me sacó el pasaje, y un viernes por la madrugada me recogió, y el sábado me fugué para Tampa .Y aquí si pase unos años un poco difíciles, aunque tenía a mi hermano qué estaba ilegal, pero bueno ya conocí a la que hoy es mi esposa, nos casamos y ella me reclamo la residencia, y ya después no me puedo quejar, nunca me faltó el trabajo y formé una familia . Por eso que cuando uno emigra aveces se pasan momentos difíciles, y lo que nunca se te olvida son los verdes de tu tierra, y aquellas humildes cabañas de La Acebal ó Xulió ó La Robre, que valen mas sus piedras que todo lo que pueda contener Arizona ó Idaho.
¡Vamos, ni comparación ¡
domingo, 29 de marzo de 2020
Coronavirus y otras pestes en Asturias
Inmersos como estamos en una terrible pandemia mundial, con tecnología capaz de llegar a Marte y dar la vuelta, pero nos paraliza y nos mata un ser insignificante que hay que ver al microscopio.
Pero esto no
es de ahora, ya viene de atrás. Os cuento..
Si por un
momento pudiésemos retraernos al pasado, no muy lejano, 150 ó 200 años atrás, veríamos
que Laviana, Rioseco o Campo de Caso, eran poco mas que unos grupos de casas
agrupadas, generalmente con un rio cerca y tierras de labor donde sembraban
hortalizas y cereales, sobre todo maíz. Los pueblos de montaña tenían unas
condiciones muy precarias de subsistencia. Las casas son pobres en su inmensa
mayoría, y aparecen agrupadas en promiscuidad lamentable, con cuadras y
cochineras, hasta el punto que, es común, el techo que cubre la casa del
hombre, y el de los animales.
Casas
cuadradas de piedra unida por argamasa, sin revoco las mas de las veces, ó en
muchos casos toscas paredes con un trenzado de varas de avellano y barro,
llamadas de cebatu, en algunas ocasiones blanqueadas con la cal de algún calero
cercano, o tintes de cualquier chamizo de hierro u otro mineral. Ventanas pequeñas, suelos de
tierra pisada, y de llávana, cuando se podía.
Vida
ciertamente difícil, y generalmente con
abundancia de trabajo, y una alimentación con muchas carencias. Hijos en
abundancia, que subsistían casi de manera milagrosa, pues poco tiempo habría
para ocuparse de ellos. Todo ello en tiempos que la climatología era severa,
con abundancia de lluvia y nieve. En ese paisaje trascurrían las vidas de
nuestros vecinos, y quizás los abuelos, o abuelas de alguno de vosotros todavía
les hayan tocado aquellos tiempos y hayáis escuchado alguna historia como las
que aquí relatamos.
El mal de la
dieta de maíz, llamado también mal de la rosa, ó pelagra, era una enfermedad
que afectó a muchos habitantes de nuestras aldeas. Fue diagnosticada por Gaspar
Casal, médico que trabajaba para el cabildo ovetense, por primera vez en 1735, y pudiéramos decir que tuvo incidencia
prácticamente en toda la región.
En su
opinión, imbuido por el espíritu de Hipócrates, la achacaba a las alteraciones
del clima y a una dieta anómala. Aspecto que dejó reflejado en la monografía
titulada "Historia natural y médica del Principado de Asturias". La
gente popular la conocía como "mal de la rosa", por el collar de ese
color que se formaba en la piel del cuello.
En
palabras de Casal, no hay otra que la gane a horrible y contumaz, porque a la
observación clínica se presentaba con demencia (trastornos sensoriales), diarrea
y dermatitis. A nivel de piel, provocaba una espantosa costra de color negruzco
que, penetrando hasta la carne viva, producía gran dolor, quemazón y molestia,
localizada en metacarpos, metatarsos y alrededor del cuello. Además, refería
que aparecía hacia el equinoccio de primavera y desaparecía durante el verano.
En 1760 pasó a conocerse como "lepra
asturiensis" en la "Nosología methodica" de Sauvages.
Denominación totalmente errónea, pero en aquella época el concepto de lepra
encubría diversas dermatosis y por supuesto la más temerosa de todas ellas, la
auténtica lepra, causada por el bacilo de Hansen.
La sospecha inicial ya la había dejado
referenciada el propio Casal al indicar que se trataba de una enfermedad que se
desarrollaba entre la gente de clase baja, donde imperaba una dieta monótona a
base de maíz, pues pocos mas cereales había disponibles, comían muy poca fruta
y escasa carne y pescado.
Gracias a las investigaciones del bioquímico
asturiano Grande Covián se sabe que la dieta exclusiva a base de maíz provoca
la enfermedad, porque la niacina de este grano se encuentra combinada y no
puede utilizarse en el aparato digestivo. Además, casi la mitad de las
proteínas del maíz corresponde a la zeína, sustancia pobre en triptófano. El
mal se puede revertir si aportamos a la dieta el aminoácido carencial
juntamente con una cantidad suficiente de vitamina B3, porque con esta
combinación el organismo puede sintetizar ácido nicotínico, tal como expone
Francisco Grande en "El maíz y la pelagra".
Un punto clave para resolver el enigma planteado
estuvo en el análisis de las culturas mexicanas, donde estaba extendido el uso
del maíz sin que hubiera enfermedad. La razón para ello residía en el modo de
preparación del grano, pues los aztecas y los mayas ablandaban el maíz con una
solución alcalina, el agua de cal, para hacerlo comestible. De esta manera se
liberaba niacina y triptófano, que se absorbían en el tubo digestivo.
El maíz, como seguramente conocen,
llegó desde América. En México ya se cultivaba hace al menos 7.000 años y en
cuanto los conquistadores lo descubrieron se dieron cuenta del potencial que
podía tener para matar el hambre en Europa. Cuentan que el primero en pasar el
charco con él fue un asturiano, el almirante D. Gonzalo Méndez de Cancio, que
había sido gobernador y capitán general de La Florida y que trajo en 1604 dos
arcas llenas de semillas para sembrarlo en sus heredades. Efectivamente, consta
que al año siguiente se recogió en la zona de Tapia de Casariego, donde él
vivía, una buena cosecha, pero sabemos que el cereal ya se daba en Sevilla
desde mediados del siglo XVI y también en Asturias donde Marino Busto ha
localizado un testamento fechado en Carreño en 1598, en el que los herederos
reciben entre otros bienes «una fanega de maizo y otra de panizo»
El Padre Feijoo dejó escrito sobre
la miseria de los campesinos asturianos que «sus vestidos, sus camisas, sus
lechos y sus habitaciones son semejantes a sus alimentos: cuatro trapos cubren
sus carnes, o mejor diré, que por las muchas roturas que tienen las descubren.
La habitación está igualmente rota que el vestido, de modo que el viento y la
lluvia se entran en ella como por su casa », de manera que todo servía para
aliviar la necesidad: las cañas y los tarucos valían como forraje, e incluso
los más pobres empleaban las hojas de las panoyas como relleno de sus colchones.
Quizás conmocionado por esa
realidad que encontró en su pueblo de Soto de Agues, Fernando Blanco, indiano
que retorno con riqueza, sufragó de su bolsillo la traída de aguas desde la
fuente El Carrascal al pueblo, en el año 1919, siendo el primer pueblo del alto
Nalón, incluida Laviana, si los datos no nos engañan, en disponer de agua
corriente en las casas
.
.
Poco a poco la dieta alimenticia
fue haciéndose mas variada, plantándose centeno y escanda, trigo en algunos
lugares, de Caso sobre todo, y aquella terrible dolencia fue poco a poco
desapareciendo, a la vez que mejoraron las condiciones de limpieza gracias al
agua corriente que salía de los grifos.
Otra cruel epidemia causo muchas
muertes en el pueblo de Beneros, en este caso fue el tifus, en los años de la
postguerra, debido a contagios externos y las pocas condiciones higiénicas en
las viviendas.
El primer brote de esta enfermedad
infecto-contagiosa se registró en Asturias en 1573 y su mayor foco surgió en
Nava en 1786. En 1875 apareció en Villaviciosa, Piloña y Colunga. Un año
después lo hacía de nuevo en Colunga, donde entre marzo y diciembre provocó 127
muertes (28 hombres, 32 mujeres y 67 niños). En diciembre de 1876 brotó en
Cangas de Onís, con 24 contaminados y 6 muertos. En 1883 la encontramos en Las
Regueras. No obstante, el punto más dramático lo situamos en Nava el 5 de junio
de 1786, donde, según la crónica de Antonio Carreño y Cañedo, alférez mayor de
Oviedo y diputado del Principado de Asturias, indicaba al señor regente que el
mal llevaba asentado dos años y había matado "adultos de setenta a ochenta
y de párvulos de cuarenta a cincuenta". Del concejo en cuestión opinaba
que reinaba la escasez de comida, la falta de higiene personal y la suciedad en
el ambiente. Su curva de acción
preferente es en el invierno y la primavera. También es conocida como fiebre
pútrida, fiebre pulicular o punticular, pulgón tabardillo o tabardete o pintas,
para nosotros los asturianos tabardillu pintu. Trasmitido por piojos o pulgas
.
.
En algunos de nuestros pueblos, todavía podemos
contemplar las míseras casas donde hacían su vida nuestros antepasados, aunque
hoy afortunadamente rivalizan por su belleza y gozan de todas las ventajas
sanitarias. Sin embargo, en la actualidad, ni la higiene, ni la buena
alimentación, sin carencia de vitaminas, no evitó que un virus microscópico
esté produciendo tantas muertes en el mundo, y lo que es peor, sin ningún
medicamento que nos defienda. Allí nos tiene enclaustrados en nuestras casas, y
evitando todo contacto con nuestros vecinos y ciudadanos.
miércoles, 12 de febrero de 2020
El hombre del transitor
Tenían ganas de conocer a Tito, y
habíamos planeado varias veces la visita, pero por unas cosas y otras fue
quedando para atrás. Esta vez, dijimos que adelante, y allá quedamos en el
Parque de Redes dispuestos a pasar un día, encima radiante, entre paisaje,
paisanaje y fotografía.
La venta de Les Lleres, que algún amigo conoce, es un lugar que nunca te defrauda. La vieja y decrepita
casona, allí se nos descubre después de un corto trayecto entre bosque,
mientras por un rustico puente cruzamos el rio Orlé, que cantarín serpentea
entre piedras, donde el tiempo borro aristas que el agua rodea con sus brazos
de espuma blanca. La mirada se derrama por un valle de prados verdes,
curiosamente no se ven vacas y ovejas, que en previsión de nieve aguardan tranquilas
en los establos.
Desde fuera de la portilla ya
divisamos la figura de nuestro anfitrión, que nos espera apoyado en su cayado.
Al llegar le doy un abrazo. Y le presento a mis amigos a los que saluda
campechano. Le digo que esta vez no llevamos ninguna mujer como modelo, pero le
prometo que en este año algo haremos en su casa, alguna sesión fotográfica, con
las guapas mozas a lo que lo tenemos acostumbrado.
Tito es un personaje singular. Vive
con su hermano Toni en el cercano pueblo de Nieves. Tiene creo cerca de los
ochenta años, si no los dejo atrás, pero, aunque tuvo en años pasados algún
escarceo amoroso, no fue lo suficiente para retirarlo de la soltería
impenitente de tantos varones célibes que habitan nuestros pueblos.
Y se viene en su coche casi todos los
días a este viejo caserón del siglo XVII que nunca sufrió reformas, mas allá de
retejar de vez en cuando. Y pasa las mañanas atendiendo a sus animales y
sentado delante del fuego que chisporrotea alegre, luchando para calentar la
amplia cocina, donde un sofá cama, cubierto con tosca manta, acoge el reposo en
las largas horas que le dejan las vacas entre las cebas de mañana y tarde.
Un viejo transistor le hace compañía.
Dice que lo prefiere mas que la televisión, que solo la pone en su casa mas que
para ver “el parte”. Es esa compañía fiel que te cuenta cosas que pasan, que
asistes como oyente a los muchos debates y tertulias, donde tú, que eres perro
viejo, sabes que mucho de lo que dicen es mentira. Y la conversación deriva
sobre el abandono de nuestros pueblos, casi tema obligado, cuando tenemos
presente a uno de sus exponentes. Y nos dice que sí, que esto se acaba, “Nadie sabe qué ocurrirá en una generación”. Falta de oportunidades,
emigración, desarticulación, envejecimiento, despoblación, extinción. Esta es
la realidad de la España que desaparece del mapa. “Es como un cáncer: se lo va
comiendo todo, sin parar. Es horrible”, por mucho
que los expertos apunten propuestas, que, aunque suenen muy bien son
irrealizables. Él nos dice que detrás de ellos ya no queda nadie que continúe
con esa labor. Tienen buenas tierras y casas como les LLeres, por la que pagó
hace muchos años trescientas mil pesetas. Un dineral, de aquella, pero hoy
languidece cuando ves en algunas de las partes de la finca, avanzar pequeñas
manchas de helechos y matorral, aprovechando que estos meses el ganado está
guardado.
Y te da tristeza porque sabes que es
cierto, que la naturaleza es preciosa y es reconfortante disfrutar de ella,
pero muy pocos la cuidan y se preocupan de que una tierra por bonita que sea,
sin vecinos no existe paraíso, o como escuchamos no hace mucho a una
periodista,
Hoy, solo como detalle, poco más de
treinta niños van a un solo colegio de la capital del concejo. Antes,
cualquiera de los veintidós pueblos que lo componen, tenía mas niños en edad
escolar.
Una inmersión a la realidad de un mundo
que desaparece, una visión desde nuestras cámaras fotográficas, y una
oportunidad que quizás en breve no podamos repetir, cuando nadie encienda el
transistor de nuestro amigo Tito.
Creo que Tito disfrutó de nuestra
compañía, porque amablemente posaba para nosotros en los lugares donde le
mandábamos ponerse. Quizás también él es un poco presumido, y recordaría las
mismas sugerencias a las guapas modelos que recorrieron esos mismos salones y
corredores, y el repetía las posturas que guardaba en su memoria.
Reconozco que cuatro fotógrafos podemos
llegar a ser muy pesados, pero también os puedo asegurar que nuestro anfitrión
en ningún momento puso gesto de cansancio o aburrimiento, solo apagó el
transistor para que el locutor no lo distrajera de su labor como modelo.
Que gente como Tito nos dure muchos
años.
martes, 3 de diciembre de 2019
Bueres, su historia
Bueres. Datos históricos. 1
La parroquia de Santiago de Bueres, situada en la margen
derecha del rio Orlé, afluente del Nalón, tiene 27 Km2, y forma junto los
pueblos de Nieves y Gobezanes y el que le da nombre, la Tercia de Bueres.
Entidad menor y parroquia rural.
El topónimo Bueres, podría derivar de la palabra latina, boven, acusativo de bos- bovis (buey- vaca), seguido del
abundancial arius, prefijo colectivo que indica “lugar donde hay mucho”.
Sin duda Bueres recibiría ese nombre por tratarse de un
lugar donde abundaba el ganado bovino, o los buenos pastos, creemos que pudo
ser majada de verano de los pueblos del valle, como Tanes.
En algunos documentos figura con las variantes de Buyeres o Buieres, aunque Bueres es la
forma mas antigua y usual de denominarlo desde tiempo inmemorial, según
encontramos en documentos anteriores del siglo XVII. Buyeres figura redactado
por escribanos foráneos en siglos mas recientes.
En documentos muy antiguos figuraba un territorio denominado
Noántica, que según Carlos Floriano,
estaba situado en Caso, en la confluencia del Rio Orlé con el Nalón, y tierras
adyacentes. En el monasterio de Sahagún, que junto con el monasterio de
Eslonza, tuvo gran influencia y posesiones en el concejo casín, se encontró un
escrito donde se menciona una compraventa en este territorio, hecha por el
matrimonio formado por Tegitu y Ponia,
a Carito y su mujer Vitalia, de toda su heredad en Noántica, en el valle de Caso.
En 1385, en el inventario de parroquias incluidas en el
libro becerro de la catedral de Oviedo, figura : Santiago de Bueres husa apresentar el beneficio simple e el de la
capellanía. Es capellán Domingo Ioaniz, e beneficiado Fernán Pérez. Ha de manso
ocho días de bues. Paga de procuración cuarenta e cuatro maravedíes.
La iglesia de Bueres, edificada sobre los restos de una
anterior, está fechada entre los siglos XVII y XVIII, situada en la parte alta
del pueblo, y a poca distancia del pueblo de Nieves, con quien comparte culto y
cementerio. A pocos metros se levantan dos imponentes texos y una tilar, allí
se celebraban los conceyos abiertos, convocados al son de campana tañida, y si llovía,
en el cabildo.
En 1803, la única campana que tenia se fundió, siendo
párroco D. Gabriel García, para hacer dos de tamaño mediano, y se encargaron al
maestro campanero, Manuel de Albear, de Ampuero (Cantabria), que una de ellas
figura colgada cerca de la casa del Ribero, en unos mástiles que se pusieron
siendo alcalde Gaspar Vega. En ese lugar se celebraban las juntas, los domingos
al medio día.
En el pueblo de Bueres hubo dos capillas. Una dedicada a Sta.
Catalina, que no se sabe dónde estaba situada, pero parte de sus restos figuran
desperdigados en muros y paredes de cuadras y tenadas de muchas construcciones.
Sabemos que, en el año 1700, el mayordomo y patrono de Sta. Catalina era Juan
del Prado del Pandiello, donde dice que la capilla formaba parte de una casería
con casa, hórreo, y dos molinos. Tenemos datos reales de varios de sus mayordomos,
y un detalle singular que nos cuenta que, en vista de su deterioro y mal
estado, en 1785, el párroco D. José de Bueres vende el cáliz y la patena, para
con su producto renovar paredes y techo por lo menos. Después pone en arriendo
la vega del molino de Candín, en treinta ducados, según figura en el libro de
cuentas.
La otra capilla es la de Sta. Cecilia, situada en la
carretera que va al pueblo de Nieves. Esta fue incendiada durante la guerra
civil, y quemada su imagen, techos y una gran puerta que tenía. Hoy esta
desacralizada, se usa como leñeru y es de propiedad privada. Según datos que
tenemos, el mayordomo de la citada capilla en 1738, era José de Buyeres, y
junto a la capilla estaba la casa rectoral, con su hórreo, establo y huerta.
Estos edificios ya no existen, y en su lugar se edificó una escuela, que hoy
sirve como centro social a los vecinos de Bueres.
En Bueres existe una casona que ostenta un escudo heráldico
en su fachada. Solamente existen dos auténticos de blasón noble. Uno en
Prieres, de la familia Caso de los Cobos.
1638, y este de Bueres de la familia García, de finales del siglo XVIII.
Sabemos que sus primeros propietarios se apellidaban Testón,
que fueron sus dueños desde tiempo inmemorial.
A finales de 1700, su heredera se casó con un hidalgo
piloñes, apellidado García, que fue
el que puso el escudo. Tuvieron dos hijos al menos, que nacieron en esa casa.
El primogénito, que no sabemos el nombre, fue el heredero. Su hermano Antonio García
Testón, inmigro a Sevilla donde hizo gran fortuna, y después regreso a Asturias,
fijando su residencia en Piloña, donde se casó.
Allí, en Pedrueco, compro una casona que decoro con muebles
y obras que trajo de Sevilla, que hoy conservan sus herederos.
María García Testón, con quien se pierde el apellido era
nacida en Bueres, y sobrina del citado Antonio, de quien era prohijada. Todavía
se conserva entre los muebles heredados, una cama con el mismo escudo que el de
Bueres. Falleció en 1985
En los años 50 se vendió a los actuales propietarios,
vecinos del pueblo, aunque no se utiliza más que como cuadra y garaje.
El topónimo Bueres significa a una saga de apellidos del
mismo nombre, que según la leyenda se remonta a la batalla de Covadonga, donde
un guerrero casín, Suero Buyeres de Caso,
fue lugarteniente de Pelayo, y según dicen las crónicas en la batalla se le
apareció una cruz en el cielo, que ayudo a derrotar a los moros, y es la que
hoy figura en el escudo del concejo “el
bien del cielo nos vino”
Creemos que del mismo tronco original radicado en Bueres,
salieron dos ramas, una en Tanes, con derivación en parte a Sobrescobio y
Laviana, y otra en Tarna, asentada en el siglo XVIII. De este último lugar
desapareció en la actualidad, pero se mantiene en varios lugares de Asturias, como
Boal, Oviedo, y países europeos, incluso en el continente americano. Pudo
originarse el apellido a causa de ser señores jurisdiccionales de este
territorio, o incluso de sus primeros habitantes. Sabemos que en 1591 había en
Bueres cincuenta y cinco vecinos, y ya existía un Pedro de Bueres.
El documento más antiguo donde se menciona este linaje es de
3 de mayo de 1499, donde los Reyes Católicos, nombran a Álvaro Bueres como
escribano del concejo de Caso.
Todos los vecinos de Bueres eran hidalgos. Eran de realengo,
con capacidad de administrarse con sus propias normas, y exentos de levas ni
otros servicios al rey. Sin embargo, en los otros dos pueblos, Nieves y
Gobezanes, el setenta por ciento eran pecheros. Con razón los vecinos tenían el
apodo de “pechos nobles”
El condado de Noreña y los condes de Revillagigedo en Gijón,
tuvieron tierras en esta parroquia, pero uno de sus mas famosos vecinos, aunque
muy desconocido para la mayoría, fue Martin
Díaz de Prado, lugarteniente de Alfonso VII, quien le donó en 1146, grandes
propiedades en Caso y León, entre ellas Tarna, Sobrecastiello y Veneros, aparte
de sus tierras en Bueres y Nieves. También la villa de Anciles, de la que era
señor, en la comarca de Riaño.
Este caballero en la hora de su muerte, y quizás para ganarse
el perdón divino, ofreció todas sus posesiones a los monjes benedictinos de
Eslonza, en León, con la condición de ser enterrado en sus monasterios. Por eso
los grandes propietarios monacales de Eslonza, Sahagún, en tierras leonesas y
monasterio de la Vega en la capital asturiana, tuvieron siglos recogiendo
diezmos y quesos casinos, en algunos de sus viajes.
Nuestro buen hombre allí reposa en el monasterio de Sta. Mª
de Gradefes, en un sarcófago de piedra cuya imagen yacente representa su
figura.
Hoy desgraciadamente de aquel pasado esplendor donde los
arrieros de la Tercia conducían sus recuas a través de caminos reales y
senderos, llevando y trayendo mercancías de tierras castellanas y puertos
cantábricos, poco o nada queda. La abundante cabaña ganadera, subsiste aunque
muy disminuida. Un par de ganaderos
jóvenes que mantienen algún rebaño en los puertos de Ovia y Arnicio, y
jubilados que rehabilitaron sus casas y desde ellas contemplan el paso del
tiempo. El pueblo y sus casas en estado de revista, aunque muchas de ellas
cerradas y siendo difícil encontrar vecinos por sus calles, sobre todo en
invierno. Sigue manteniendo su belleza, un paisaje impresionante, si acaso
cambiando las antiguas erías y prados de siega, por el avance del matorral que
lo acaba devorando y tapando las antiguas caserías.
Se mantienen dos bares abiertos, uno de ellos con parrilla
restaurante, y dos casas rurales que alquilan apartamentos. Merece la pena
acercarse a la Tercia. Los sitios a visitar no defraudan, como los que aqui reseñamos, sobre todo un chigre todo terreno como La Portiella de Luisa y Gustavo. En la misma carretera.
#sivivesbueres
https://www.facebook.com/pages/category/Bar/El-Rinconin-de-la-Tercia-435140836656213/
http://www.laportiella.es/
https://www.facebook.com/pages/category/Bar/El-Rinconin-de-la-Tercia-435140836656213/
http://www.laportiella.es/
Datos extraídos del libro El Concejo de Caso, de Blanca y
Ángel Bueres Santa Eulalia
![]() |
| Escudo de los Garcia |
![]() |
| Escudo de D. Suero de Buyeres. Lugarteniente de Pelayo |
![]() |
| Vecinos "historicos" de Bueres |
![]() |
| Iglesia de Santiago |
![]() |
| Bueres |
![]() |
| Casa del Cascayu |
![]() |
| Restos capilla Sta Cecilia |
![]() |
| Posible campanario capilla Sta Catalina. Cuadra de Nieves |
![]() |
| Delante del Riberu |
![]() |
| Vecinos de Bueres 1930 |
![]() |
| Bueres 1960 |
![]() |
| Emiliano, del bar La Portiella |
![]() |
| De la casona de los Garcia |
![]() |
| Josef de Bueres. Tarna |
![]() |
| Los Bueres de Tarna |
![]() |
| Angel Santos Bueres, de Sopalaciu |
![]() |
| Angel Santos y Amalia Capellín, de Orlé |
![]() |
| Antonio Bueres Capellin y Luisa Escribano con sus hijas Carmen y Dolores, y tres de sus hijos |
![]() |
| Nota necrológica de D. Antonio Bueres Capellín |
![]() |
| Firma de Antonio Bueres 1860 |
![]() |
| Joseph de Bueres |
![]() |
| Documento donde los Reyes Catolicos nombran a Alvaro de Bueres, escribano de Caso 1499 |
Etiquetas:
Bueres,
Caso,
Parque de Redes,
Tercia de Bueres
Ubicación:
33990 Bueres, Asturias, España
domingo, 1 de febrero de 2015
Una matanza en el fragor de Los Beyos
Tiempos duros, los que duro la posguerra. Hoy
con el paso de los años, tendemos a olvidar unos hechos que marcaron
profundamente a una generación de españoles que los tuvieron que vivir en sus
carnes. Dicen que hubo mas muertos en los años posteriores a la terminación de
la guerra, que en ella misma. Solo conocemos
los testimonios que poco a poco van saliendo a la luz, pero quizás nunca se
llegue a saber el verdadero alcance de aquella lucha fraticida que tiño a
nuestro país de vergüenza y de odio entre hermanos y vecinos. En uno de mis
viajes al concejo hermano de Ponga, escuche este relato a uno de los “viejos”
que todavía quedan en el pueblo. Previamente ya lo había narrado a un
historiador que se lo solicitó para un libro sobre los del “monte”, como eran
llamados los que huían por su pasado político ó por delaciones. La vida que les
esperaba, era ciertamente infame. Más propia de alimañas que de hombres. Sin
refugio, ni comida, huyendo constantemente para no ser atrapados, porque eso
significaba la muerte inmediata. Era una situación donde el terror amedrentaba
a muchos pueblos, en gran parte de los casos sin saber ni participar en
ideologías políticas, como las de muchos de aquellos hombres que después de
haber perdido la guerra todavía tenían que seguir luchando, sin apoyo ninguno,
para al final ir cayendo bajo las balas uno a uno, acorralados y hambrientos, y
en el peor de los casos, sufriendo tortura para morir. En algunos procesos sus
familiares directos pagaron con su vida el no delatarlos. Esto es un retazo de
aquellas existencias que hoy nos
sobrecogen.
Rincon de Viboli
Una historia de muertos y guerra. Ocurrio en
Viboli y Viegu, y es cierta como la propia vida.
Cuatro muertos en Viego
Corre el mes de octubre del año 47, los atrasados pueblos
de las montañas de Asturias luchan contra la escasez y los rescoldos de la
guerra reciente. Cuatro “fugaos”, Cándido, Josepón, el Rubio de la Inverniza y Abelardo de La Matosa , pasan de los montes
de León a lo profundo de Los Beyos. El 17, se acercan al recóndito pueblo de Viboli,
y atracan el bar del pueblo.
Al día siguiente se acercan a Viego, pueblo cercano. Van
con la intención de coger las armas de algún cazador. Cándido y El Rubio,
cuando ya oscurecía, se quedaron en una cabaña en la que fueron metiendo a
todos los pastores que encontraban por el camino, mientras Josepon y Abelardo
cogieron al indiano Jaime Bulnes, y lo cachearon quitándole ocho mil pesetas
que llevaba encima. Jaime Bulnes no siguió los consejos de su madre, que, al
salir de casa a ver el ganado le advirtió: - No salgas con dinero, que ayer los
del “monte” atracaron en Viboli.
Jaime se rió: - sabe Dios donde estarán ya
- Quien le iba a decir que allí mismo.
Le preguntó quien del pueblo tenia dinero. Contesta, que
nadie, que todos en el pueblo son pobres como ratas. No conforme con la
contestación, los dos guerrilleros le obligan a indicarles cual era la casa de
Julio, el alcalde. Por el camino se encontraron con el padre de este, Hilario,
al que también llevan por delante a casa de su hijo. La casa también era bar.
Entraron y allí se encerraron con ellos. Piden dinero. El alcalde responde que
no tienen nada. Mandan a su mujer a pedir a los parientes del pueblo, y plata y
relojes, todo lo que hubiera de valor. Al poco de salir la mujer, hizo acto de
presencia en el pueblo la guardia civil. Era el cabo Cosme y cuatro números de
Cangas de Onís, con ellos llevaban a un vecino para que les indicara el bar. No
sabían nada. Cuando llegan, el vecino pica, y dice – abre, Julio, que es la
guardia civil.
Fugaos muertos por la Guardia Civil
Abelardo y Josepon subieron las escaleras de la casa para
ver si podían saltar por la parte de atrás, pero las ventanas eran muy pequeñas
y no había manera. Así que bajan y abren la puerta con Jaime Bulnes por
delante. A la vez que abren, disparan; los guardias se ven sorprendidos. El
cabo resulto muerto en el acto, y herido el guardia Felipe Cantobrana. El
indiano hace un quiebro y se les escapa, volviendo a entrar en casa. Los dos
guerrilleros huyen monte abajo. El Rubio y Cándido preparan sus armas; el
guardia herido se arrastró hasta ponerse a cubierto, los otros dos están
petrificados.
El joven Laureano, que volvía con una carga de hierba,
después de oír los disparos sale a inspeccionar el ambiente, y el Rubio le da
el alto en la oscuridad. Asustado no contesta, y el guerrillero le dispara una
ráfaga que lo fulmina. También el padre del alcalde salió al exterior y fue
muerto por el Rubio. Después huyeron monte abajo.
El guardia civil herido, no fue llevado al hospital hasta
el día siguiente. Ya era tarde, acabo falleciendo en presencia de su mujer
encinta, a la que le había mandado una nota, diciendo que lo habían herido,
pero que no era de importancia. La nota la llevo Teresina Cardin,la cartera del
pueblo a la casa del agente, en Villamayor.
viernes, 30 de enero de 2015
Martinón, de Llué
Corría el lejano año de 1893. En los enriscados parajes del
concejo de Ponga, existe un lugar como perdido en el mundo. Es un sitio de
difícil acceso, pero de una belleza que hechiza a cualquiera que se deje caer por aquel lugar. Se llama Llué.
Mirarlo en algún mapa, y si vuestras piernas os lo permiten, no dejéis de
visitarlo. Os aseguro que no será fácil de olvidar por su hermosura. Es un edén,
oculto por las montañas que lo protegen.
Llué 1897 cazando el oso
Hoy, solo podéis descubrir tapadas por la maleza, los restos
de lo que fue la cabaña de Martinón. Un hombre de gran fortaleza que vivió en
aquel lugar, antaño provisto de cabaña, molino, y establo de ganado, y del que
solo se desplazaba para adquirir alguna cosa que allí no era posible producir,
como café, tabaco, ó azúcar, al distante San Juan de Beleño ó Puente Vidosa,
viaje que bien le podía consumir el día entero, pese a ser ágil en sus
desplazamientos.
Llegó un día en que nuestro hombre, conoció una buena
muchacha, en un pueblo pongueto, y matrimonió con ella.
Contento y feliz, aparejó una cabalgadura y dispuso a la
mujer en el caballo, dirigiéndose por los intrincados pasos que a través de
aquellos despeñaderos, llegaban a la aldea de Tolivia, donde fue recibido con
gran alborozo por sus vecinos, que se alegraban de que su distante vecino,
mitigase su soledad con la compañía de una buena esposa. Martinón, pese a vivir
en lugar tan inhóspito, era querido por todos, pues siempre se brindaba a
ayudar a quien lo necesitara.
No hacia mucho que en una cacería donde participaba gente de
la nobleza, que se desplazaban en busca del oso, cazado este, se despeñó a un
profundo abismo del todo inaccesible. Nuestro hombre se brindó a rescatar la
pieza, y brincando entre las peñas desapareció en la negrura de la sima. Durante
un tiempo, solo se oía el crepitar de las ramas y ruidos de piedras que rodaban
hasta desaparecer en el río que discurría por el fondo. Al poco, hizo su
aparición la corpulenta mole de nuestro hombre que cargaba con un oso de más de
cien kilos sobre sus espaldas. La pendiente parecía dificultosa de ascender,
encima con aquella pesada carga a sus espaldas, pero en Martinón todo era
posible. Por eso era tan grande su fama.
El invierno se presentaba con extremada dureza, y la nieve
dificultaba realizar las más sencillas faenas. Un manto espeso cubría Llué,
convirtiendo las praderas en un lago blanco.
Para colmo su mujer se encontraba mal, y aquella enfermedad
no daba síntomas de remitir, pese a las pócimas y reposo que Martinón le
ofrecía. El buen hombre, desesperado, había probado todos los remedios que conocía,
y para colmo la nieve impedía moverse para buscar ayuda en los pueblos más
cercanos. Durísima la vida de aquellas gentes, fiando su salud, solo a su
resistencia a las enfermedades, y a la suerte.
Al final, la vida de su querida compañera se extinguió, y
aquel hombre quedó solo con su pena y la soledad, en medio de aquel terrible
silencio de la majada de Llué.
Caserio de Llué, sobre 1900
La empinada cuesta que conducía al collado de Lleces, era
dura, aún en condiciones normales, con nieve era una empresa casi imposible
ascender el cuerpo de su esposa para
darle sepultura en la aldea de Tolivia. Ella, yacía inmóvil en la humilde
alcoba de la pobre cabaña donde desarrollaban sus quehaceres, su vida no pudo
apenas compartirla con aquel hombre que escogió por esposo. La tristeza de
Martinón era infinita, pero ahora lo que tenía que hacer era conservar el
cuerpo de su mujer, hasta que le fuera posible enterrarla en el cementerio de
Tolivia, cuando la nieve y el temporal lo permitiera.
Cogió una pala, y bajo el fresno que tenia junto a la
cabaña, excavó un hueco, donde cogiera el cadáver de su esposa, luego lo cubrió
con un montón de nieve, de forma que el frío mantuviera aquel ser sin
descomponerse.
La noche enseguida cubrió de negrura la majada, y Martín
atrancó la puerta y se dispuso a acostarse después de haber comido algo para acallar el hambre que su cuerpo le
reclamaba.
Pronto, solo se oía el viento correr libremente por el
anfiteatro de Llué. La tormenta de nieve parecía que había cesado por el
momento. De repente un aullido rasgo el silencio, y este fue contestado por
varios, que pronto inundaron aquel escenario. La realidad era terrible, y solo
un hombre de aquel temple, la encajaba sin desmoronarse de miedo. No había
nadie más que él y los lobos, en aquel pequeño espacio. Abrió la puerta de la
cabaña, y la luna bañaba una escena sobrecogedora. Alrededor de la tumba que
había excavado para enterrar a su esposa, cuatro lobos intentaban apartar la
nieve con sus patas, para alcanzar el cuerpo de la mujer. Cogió la vieja
escopeta, y apuntando casi a ciegas detono un disparo que puso en fuga a los
animales, luego procedió a desenterrar el cuerpo de su mujer e introducirlo en
casa, depositándolo a lo largo del escaño. Tenía que subirlo como fuera a
Tolivia y darle sepultura en el cementerio.
Nada mas amanecer, y con la nieve todavía dura a causa del frío,
envolvió el cuerpo de su esposa en unas viejas mantas y lo amarró con cuerdas,
luego se lo echó a la espalda y inició la dura subida al collado de Reces, que
daba paso a la aldea. Fue un trabajo de titanes, por las duras condiciones
reinantes. Al dejar la collada el
monte cambia de ladera y el mundo de Llué desaparece. Martín encuentra el sol
remontando los beyos de Tolivia. Se siente la fuente y el río. Desde la posa de
Cociyón, Martín descansa y ve la forma de las casas. Contempla cómo se eleva
una docena de humos a perderse en el aire limpio de Tolivia, y a voces pide
auxilio.
Llué en la actualidad
Enseguida
algunos mozos y mujeres del pueblo llegan hasta él y le prestan ayuda. Está al
límite de sus fuerzas, pero todavía resiste hasta el cementerio y allí abren
una fosa donde depositan el cuerpo de la mujer que le brindó días de felicidad
mientras pudo compartirla junto a ella.
Hoy, Tolivia,
ya no existe a nivel humano. No hay vida en el recóndito pueblo. Solo el viento
del olvido pasea por sus caminos y entra en las solitarias casas sin ninguna
puerta que lo detenga.
¡ Pero prestar atención a ese silencio ¡
quizás el voluminoso cuerpo de Martinon se acerque al pequeño cementerio a
depositar unas flores sobre una vieja lapida con nombre de mujer.
miércoles, 15 de octubre de 2014
Suscribirse a:
Entradas (Atom)














































