viernes, 30 de enero de 2015

Martinón, de Llué

Corría el lejano año de 1893. En los enriscados parajes del concejo de Ponga, existe un lugar como perdido en el mundo. Es un sitio de difícil acceso, pero de una belleza que hechiza a cualquiera que  se deje caer por aquel lugar. Se llama Llué. Mirarlo en algún mapa, y si vuestras piernas os lo permiten, no dejéis de visitarlo. Os aseguro que no será fácil de olvidar por su hermosura. Es un edén, oculto por las montañas que lo protegen.


Llué 1897  cazando el oso

Hoy, solo podéis descubrir tapadas por la maleza, los restos de lo que fue la cabaña de Martinón. Un hombre de gran fortaleza que vivió en aquel lugar, antaño provisto de cabaña, molino, y establo de ganado, y del que solo se desplazaba para adquirir alguna cosa que allí no era posible producir, como café, tabaco, ó azúcar, al distante San Juan de Beleño ó Puente Vidosa, viaje que bien le podía consumir el día entero, pese a ser ágil en sus desplazamientos.
Llegó un día en que nuestro hombre, conoció una buena muchacha, en un pueblo pongueto, y matrimonió con ella.
Contento y feliz, aparejó una cabalgadura y dispuso a la mujer en el caballo, dirigiéndose por los intrincados pasos que a través de aquellos despeñaderos, llegaban a la aldea de Tolivia, donde fue recibido con gran alborozo por sus vecinos, que se alegraban de que su distante vecino, mitigase su soledad con la compañía de una buena esposa. Martinón, pese a vivir en lugar tan inhóspito, era querido por todos, pues siempre se brindaba a ayudar a quien lo necesitara.
No hacia mucho que en una cacería donde participaba gente de la nobleza, que se desplazaban en busca del oso, cazado este, se despeñó a un profundo abismo del todo inaccesible. Nuestro hombre se brindó a rescatar la pieza, y brincando entre las peñas desapareció en la negrura de la sima. Durante un tiempo, solo se oía el crepitar de las ramas y ruidos de piedras que rodaban hasta desaparecer en el río que discurría por el fondo. Al poco, hizo su aparición la corpulenta mole de nuestro hombre que cargaba con un oso de más de cien kilos sobre sus espaldas. La pendiente parecía dificultosa de ascender, encima con aquella pesada carga a sus espaldas, pero en Martinón todo era posible. Por eso era tan grande su fama.
El invierno se presentaba con extremada dureza, y la nieve dificultaba realizar las más sencillas faenas. Un manto espeso cubría Llué, convirtiendo las praderas en un lago blanco.
Para colmo su mujer se encontraba mal, y aquella enfermedad no daba síntomas de remitir, pese a las pócimas y reposo que Martinón le ofrecía. El buen hombre, desesperado, había probado todos los remedios que conocía, y para colmo la nieve impedía moverse para buscar ayuda en los pueblos más cercanos. Durísima la vida de aquellas gentes, fiando su salud, solo a su resistencia a las enfermedades, y a la suerte.
Al final, la vida de su querida compañera se extinguió, y aquel hombre quedó solo con su pena y la soledad, en medio de aquel terrible silencio de la majada de Llué.

Caserio de Llué, sobre 1900

La empinada cuesta que conducía al collado de Lleces, era dura, aún en condiciones normales, con nieve era una empresa casi imposible ascender  el cuerpo de su esposa para darle sepultura en la aldea de Tolivia. Ella, yacía inmóvil en la humilde alcoba de la pobre cabaña donde desarrollaban sus quehaceres, su vida no pudo apenas compartirla con aquel hombre que escogió por esposo. La tristeza de Martinón era infinita, pero ahora lo que tenía que hacer era conservar el cuerpo de su mujer, hasta que le fuera posible enterrarla en el cementerio de Tolivia, cuando la nieve y el temporal lo permitiera.
Cogió una pala, y bajo el fresno que tenia junto a la cabaña, excavó un hueco, donde cogiera el cadáver de su esposa, luego lo cubrió con un montón de nieve, de forma que el frío mantuviera aquel ser sin descomponerse.
La noche enseguida cubrió de negrura la majada, y Martín atrancó la puerta y se dispuso a acostarse después de haber comido algo  para acallar el hambre que su cuerpo le reclamaba.
Pronto, solo se oía el viento correr libremente por el anfiteatro de Llué. La tormenta de nieve parecía que había cesado por el momento. De repente un aullido rasgo el silencio, y este fue contestado por varios, que pronto inundaron aquel escenario. La realidad era terrible, y solo un hombre de aquel temple, la encajaba sin desmoronarse de miedo. No había nadie más que él y los lobos, en aquel pequeño espacio. Abrió la puerta de la cabaña, y la luna bañaba una escena sobrecogedora. Alrededor de la tumba que había excavado para enterrar a su esposa, cuatro lobos intentaban apartar la nieve con sus patas, para alcanzar el cuerpo de la mujer. Cogió la vieja escopeta, y apuntando casi a ciegas detono un disparo que puso en fuga a los animales, luego procedió a desenterrar el cuerpo de su mujer e introducirlo en casa, depositándolo a lo largo del escaño. Tenía que subirlo como fuera a Tolivia y darle sepultura en el cementerio.
Nada mas amanecer, y con la nieve todavía dura a causa del frío, envolvió el cuerpo de su esposa en unas viejas mantas y lo amarró con cuerdas, luego se lo echó a la espalda y inició la dura subida al collado de Reces, que daba paso a la aldea. Fue un trabajo de titanes, por las duras condiciones reinantes. Al dejar la collada el monte cambia de ladera y el mundo de Llué desaparece. Martín encuentra el sol remontando los beyos de Tolivia. Se siente la fuente y el río. Desde la posa de Cociyón, Martín descansa y ve la forma de las casas. Contempla cómo se eleva una docena de humos a perderse en el aire limpio de Tolivia, y a voces pide auxilio.

                                                  
                                                              Llué en la actualidad

Enseguida algunos mozos y mujeres del pueblo llegan hasta él y le prestan ayuda. Está al límite de sus fuerzas, pero todavía resiste hasta el cementerio y allí abren una fosa donde depositan el cuerpo de la mujer que le brindó días de felicidad mientras pudo compartirla junto a ella.
Hoy, Tolivia, ya no existe a nivel humano. No hay vida en el recóndito pueblo. Solo el viento del olvido pasea por sus caminos y entra en las solitarias casas sin ninguna puerta que lo detenga.
 ¡ Pero prestar atención a ese silencio ¡ quizás el voluminoso cuerpo de Martinon se acerque al pequeño cementerio a depositar unas flores sobre una vieja lapida con nombre de mujer. 

1 comentario:

GMXUANDELABORRINA dijo...

Mui guapa la entrada Monchu... ya conocía la hestoria, pero presta ver les semeyes y l'anéudota del osu ye de munchu cuidáu.

Soi Berto Xuan del blogue Camudando'l Camín