domingo, 1 de febrero de 2015

Una matanza en el fragor de Los Beyos

Tiempos duros, los que duro la posguerra. Hoy con el paso de los años, tendemos a olvidar unos hechos que marcaron profundamente a una generación de españoles que los tuvieron que vivir en sus carnes. Dicen que hubo mas muertos en los años posteriores a la terminación de la guerra, que en  ella misma. Solo conocemos los testimonios que poco a poco van saliendo a la luz, pero quizás nunca se llegue a saber el verdadero alcance de aquella lucha fraticida que tiño a nuestro país de vergüenza y de odio entre hermanos y vecinos. En uno de mis viajes al concejo hermano de Ponga, escuche este relato a uno de los “viejos” que todavía quedan en el pueblo. Previamente ya lo había narrado a un historiador que se lo solicitó para un libro sobre los del “monte”, como eran llamados los que huían por su pasado político ó por delaciones. La vida que les esperaba, era ciertamente infame. Más propia de alimañas que de hombres. Sin refugio, ni comida, huyendo constantemente para no ser atrapados, porque eso significaba la muerte inmediata. Era una situación donde el terror amedrentaba a muchos pueblos, en gran parte de los casos sin saber ni participar en ideologías políticas, como las de muchos de aquellos hombres que después de haber perdido la guerra todavía tenían que seguir luchando, sin apoyo ninguno, para al final ir cayendo bajo las balas uno a uno, acorralados y hambrientos, y en el peor de los casos, sufriendo tortura para morir. En algunos procesos sus familiares directos pagaron con su vida el no delatarlos. Esto es un retazo de aquellas  existencias que hoy nos sobrecogen.

                                                             Rincon de Viboli 


Una historia de muertos y guerra. Ocurrio en Viboli y Viegu, y es cierta como la propia vida.

Cuatro muertos en Viego 
Corre el mes de octubre del año 47, los atrasados pueblos de las montañas de Asturias luchan contra la escasez y los rescoldos de la guerra reciente. Cuatro “fugaos”, Cándido, Josepón, el Rubio de la Inverniza y Abelardo de La Matosa, pasan de los montes de León a lo profundo de Los Beyos. El 17, se acercan al recóndito pueblo de Viboli, y atracan el bar del pueblo. 
Al día siguiente se acercan a Viego, pueblo cercano. Van con la intención de coger las armas de algún cazador. Cándido y El Rubio, cuando ya oscurecía, se quedaron en una cabaña en la que fueron metiendo a todos los pastores que encontraban por el camino, mientras Josepon y Abelardo cogieron al indiano Jaime Bulnes, y lo cachearon quitándole ocho mil pesetas que llevaba encima. Jaime Bulnes no siguió los consejos de su madre, que, al salir de casa a ver el ganado le advirtió: - No salgas con dinero, que ayer los del “monte” atracaron en Viboli.
Jaime se rió: - sabe Dios donde estarán ya
- Quien le iba a decir que allí mismo.
Le preguntó quien del pueblo tenia dinero. Contesta, que nadie, que todos en el pueblo son pobres como ratas. No conforme con la contestación, los dos guerrilleros le obligan a indicarles cual era la casa de Julio, el alcalde. Por el camino se encontraron con el padre de este, Hilario, al que también llevan por delante a casa de su hijo. La casa también era bar. Entraron y allí se encerraron con ellos. Piden dinero. El alcalde responde que no tienen nada. Mandan a su mujer a pedir a los parientes del pueblo, y plata y relojes, todo lo que hubiera de valor. Al poco de salir la mujer, hizo acto de presencia en el pueblo la guardia civil. Era el cabo Cosme y cuatro números de Cangas de Onís, con ellos llevaban a un vecino para que les indicara el bar. No sabían nada. Cuando llegan, el vecino pica, y dice – abre, Julio, que es la guardia civil.

                                                                        Fugaos muertos por la Guardia Civil   
                                                                       
Abelardo y Josepon subieron las escaleras de la casa para ver si podían saltar por la parte de atrás, pero las ventanas eran muy pequeñas y no había manera. Así que bajan y abren la puerta con Jaime Bulnes por delante. A la vez que abren, disparan; los guardias se ven sorprendidos. El cabo resulto muerto en el acto, y herido el guardia Felipe Cantobrana. El indiano hace un quiebro y se les escapa, volviendo a entrar en casa. Los dos guerrilleros huyen monte abajo. El Rubio y Cándido preparan sus armas; el guardia herido se arrastró hasta ponerse a cubierto, los otros dos están petrificados.
El joven Laureano, que volvía con una carga de hierba, después de oír los disparos sale a inspeccionar el ambiente, y el Rubio le da el alto en la oscuridad. Asustado no contesta, y el guerrillero le dispara una ráfaga que lo fulmina. También el padre del alcalde salió al exterior y fue muerto por el Rubio. Después huyeron monte abajo.
El guardia civil herido, no fue llevado al hospital hasta el día siguiente. Ya era tarde, acabo falleciendo en presencia de su mujer encinta, a la que le había mandado una nota, diciendo que lo habían herido, pero que no era de importancia. La nota la llevo Teresina Cardin,la cartera del pueblo a la casa del agente, en Villamayor. 

viernes, 30 de enero de 2015

Martinón, de Llué

Corría el lejano año de 1893. En los enriscados parajes del concejo de Ponga, existe un lugar como perdido en el mundo. Es un sitio de difícil acceso, pero de una belleza que hechiza a cualquiera que  se deje caer por aquel lugar. Se llama Llué. Mirarlo en algún mapa, y si vuestras piernas os lo permiten, no dejéis de visitarlo. Os aseguro que no será fácil de olvidar por su hermosura. Es un edén, oculto por las montañas que lo protegen.


Llué 1897  cazando el oso

Hoy, solo podéis descubrir tapadas por la maleza, los restos de lo que fue la cabaña de Martinón. Un hombre de gran fortaleza que vivió en aquel lugar, antaño provisto de cabaña, molino, y establo de ganado, y del que solo se desplazaba para adquirir alguna cosa que allí no era posible producir, como café, tabaco, ó azúcar, al distante San Juan de Beleño ó Puente Vidosa, viaje que bien le podía consumir el día entero, pese a ser ágil en sus desplazamientos.
Llegó un día en que nuestro hombre, conoció una buena muchacha, en un pueblo pongueto, y matrimonió con ella.
Contento y feliz, aparejó una cabalgadura y dispuso a la mujer en el caballo, dirigiéndose por los intrincados pasos que a través de aquellos despeñaderos, llegaban a la aldea de Tolivia, donde fue recibido con gran alborozo por sus vecinos, que se alegraban de que su distante vecino, mitigase su soledad con la compañía de una buena esposa. Martinón, pese a vivir en lugar tan inhóspito, era querido por todos, pues siempre se brindaba a ayudar a quien lo necesitara.
No hacia mucho que en una cacería donde participaba gente de la nobleza, que se desplazaban en busca del oso, cazado este, se despeñó a un profundo abismo del todo inaccesible. Nuestro hombre se brindó a rescatar la pieza, y brincando entre las peñas desapareció en la negrura de la sima. Durante un tiempo, solo se oía el crepitar de las ramas y ruidos de piedras que rodaban hasta desaparecer en el río que discurría por el fondo. Al poco, hizo su aparición la corpulenta mole de nuestro hombre que cargaba con un oso de más de cien kilos sobre sus espaldas. La pendiente parecía dificultosa de ascender, encima con aquella pesada carga a sus espaldas, pero en Martinón todo era posible. Por eso era tan grande su fama.
El invierno se presentaba con extremada dureza, y la nieve dificultaba realizar las más sencillas faenas. Un manto espeso cubría Llué, convirtiendo las praderas en un lago blanco.
Para colmo su mujer se encontraba mal, y aquella enfermedad no daba síntomas de remitir, pese a las pócimas y reposo que Martinón le ofrecía. El buen hombre, desesperado, había probado todos los remedios que conocía, y para colmo la nieve impedía moverse para buscar ayuda en los pueblos más cercanos. Durísima la vida de aquellas gentes, fiando su salud, solo a su resistencia a las enfermedades, y a la suerte.
Al final, la vida de su querida compañera se extinguió, y aquel hombre quedó solo con su pena y la soledad, en medio de aquel terrible silencio de la majada de Llué.

Caserio de Llué, sobre 1900

La empinada cuesta que conducía al collado de Lleces, era dura, aún en condiciones normales, con nieve era una empresa casi imposible ascender  el cuerpo de su esposa para darle sepultura en la aldea de Tolivia. Ella, yacía inmóvil en la humilde alcoba de la pobre cabaña donde desarrollaban sus quehaceres, su vida no pudo apenas compartirla con aquel hombre que escogió por esposo. La tristeza de Martinón era infinita, pero ahora lo que tenía que hacer era conservar el cuerpo de su mujer, hasta que le fuera posible enterrarla en el cementerio de Tolivia, cuando la nieve y el temporal lo permitiera.
Cogió una pala, y bajo el fresno que tenia junto a la cabaña, excavó un hueco, donde cogiera el cadáver de su esposa, luego lo cubrió con un montón de nieve, de forma que el frío mantuviera aquel ser sin descomponerse.
La noche enseguida cubrió de negrura la majada, y Martín atrancó la puerta y se dispuso a acostarse después de haber comido algo  para acallar el hambre que su cuerpo le reclamaba.
Pronto, solo se oía el viento correr libremente por el anfiteatro de Llué. La tormenta de nieve parecía que había cesado por el momento. De repente un aullido rasgo el silencio, y este fue contestado por varios, que pronto inundaron aquel escenario. La realidad era terrible, y solo un hombre de aquel temple, la encajaba sin desmoronarse de miedo. No había nadie más que él y los lobos, en aquel pequeño espacio. Abrió la puerta de la cabaña, y la luna bañaba una escena sobrecogedora. Alrededor de la tumba que había excavado para enterrar a su esposa, cuatro lobos intentaban apartar la nieve con sus patas, para alcanzar el cuerpo de la mujer. Cogió la vieja escopeta, y apuntando casi a ciegas detono un disparo que puso en fuga a los animales, luego procedió a desenterrar el cuerpo de su mujer e introducirlo en casa, depositándolo a lo largo del escaño. Tenía que subirlo como fuera a Tolivia y darle sepultura en el cementerio.
Nada mas amanecer, y con la nieve todavía dura a causa del frío, envolvió el cuerpo de su esposa en unas viejas mantas y lo amarró con cuerdas, luego se lo echó a la espalda y inició la dura subida al collado de Reces, que daba paso a la aldea. Fue un trabajo de titanes, por las duras condiciones reinantes. Al dejar la collada el monte cambia de ladera y el mundo de Llué desaparece. Martín encuentra el sol remontando los beyos de Tolivia. Se siente la fuente y el río. Desde la posa de Cociyón, Martín descansa y ve la forma de las casas. Contempla cómo se eleva una docena de humos a perderse en el aire limpio de Tolivia, y a voces pide auxilio.

                                                  
                                                              Llué en la actualidad

Enseguida algunos mozos y mujeres del pueblo llegan hasta él y le prestan ayuda. Está al límite de sus fuerzas, pero todavía resiste hasta el cementerio y allí abren una fosa donde depositan el cuerpo de la mujer que le brindó días de felicidad mientras pudo compartirla junto a ella.
Hoy, Tolivia, ya no existe a nivel humano. No hay vida en el recóndito pueblo. Solo el viento del olvido pasea por sus caminos y entra en las solitarias casas sin ninguna puerta que lo detenga.
 ¡ Pero prestar atención a ese silencio ¡ quizás el voluminoso cuerpo de Martinon se acerque al pequeño cementerio a depositar unas flores sobre una vieja lapida con nombre de mujer. 

miércoles, 16 de julio de 2014

El viejo cazador

Fernando Calvo tiene 92 años. Sus cansados ojos han visto muchos amaneceres, y su piernas transitado por parajes que hoy parecen inaccesibles a no ser para rebecos y corzos, las presas a las que daba caza con un rudimentario rifle, fiándolo mas  a su instinto que a su arma. Esa habilidad para cobrar las presas hizo de él una persona muy buscada por los grandes señores, que edificaban suntuosos chalets en la orografía mas salvaje de nuestro parque de Redes. Las piezas mas difíciles era el encargado de disponerlas a tiro para que ninguna jornada se perdiera por no encontrarlas.
Conocía los lugares donde el esquivo urogallo entonaba sus cantos en los fríos amaneceres primaverales, cuando las primeras claridades penetraban en la noche de los hayedos cantábricos. Allí sigiloso, esperaba el sonido inequívoco del ave. Aquel traqueteo repetitivo con que los machos anuncian su presencia antes las hembras. Luego, un certero disparo abatía la pieza como si de un ritual mágico se tratara.

Alguna boda se comió en el pueblo de Orlé, donde hace poco tuvo el encuentro de nuestros amigos moldeadores. No fue difícil cazar cuatro faisanes, como llaman los lugareños a este ave. Hoy, desgraciadamente casi no existen. Han mudado los aires y muchas cosas en nuestros montes, y en los antiguos cantaderos solo se escucha el sonido de las hojas movidas por el viento. Los tiempos han cambiado mucho. Cazadores como Fernando, casi no existen.
Todavía hoy, cuando se sienta en un muro junto a la carretera, fija su vista en los montes del entorno, como taladrando sus bosques con la mirada, adivinando sus sendas, y recordando los lances vividos. A veces, me siento con él, y rápidamente enebra las cacerías que llevo acabo. Enumera los detalles, incluso se acuerda del tiempo que hacia.
Fue furtivo muchos años, y ello le permitió sobrevivir, cuando los tiempos eran realmente difíciles, y la caza era una herramienta de subsistencia importante. Aquellos territorios, desde Caso hasta Ponga, no tenían secretos para él.
En aquellos años era muy frecuente que los mejores cazadores, acabasen en la nómina de algún terrateniente, que de esa forma controlaba a los que le diezmaban de caza sus cotos particulares, y a la vez se aseguraba el perfecto control de las piezas que en él habitaban. Era una buena jugada y que funcionó durante bastantes años a la perfección.
De servir a los ricos y a sus cotos pasó a integrarse en la platilla oficial de la guardería asturiana, allí estuvo hasta su retiro hace 30 años.
Fue cazador y morirá siéndolo, aunque lleva tiempo alejado de esa actividad. Los años no perdonan.
Ya hace tiempo que me pide que lo lleve a Ponga, un concejo lindante con el nuestro, Caso. Quiere volver a mirar desde la comodidad del coche los paisajes que antes recorrían sus piernas. Visitar Taranes y Sobrefoz. Ver si todavía viven los que antes le abrían sus casas para pernoctar y contarse sus vidas. Volver a patear sus caminos, tan cambiados de unos años para acá. Ahora lucen hormigonados y hermosos. Pocas casa se ven viejas. Algunas, incluso convertidas en magníficos hoteles. ¡ Vaya si cambió, me dice ¡ Pero ¿dónde esta la gente?  Antes bullían de vecinos estos pueblos…

Esta es la triste paradoja que encontró nuestro incrédulo cazador. Ya no queda nadie a quien reconozca. Quizás un vago recuerdo a los pocos que preguntamos. En algún caso, una placa dedicada a Dinos, de Taranes, en la pared de lo que fue el bar donde paraba Fernando. Solo una  chapa de metal. Como un epifatio de una época extinguida, de la que con rapidez desvió su mirada.
El coche se alejo por aquella inverosímil carretera que parecía engullida por las imponentes peñas, que curva tras curva nos acercaban a Sobrefoz. La vista siempre de frente, porque a un lado teníamos peña y al otro abismo, incluso unas cabras que a su aire deambulaban por el medio de la carretera, y  que a duras penas se apartaron.
Por fin, apareció el singular y hermoso pueblo de Sobrefoz. Tampoco  reconoció de la imagen que de él tenía. Solo la iglesia permanecía en el mismo lugar. El resto de las casas, aunque antiguas, estaban totalmente remozadas e irreconocibles.
Sin embargo el bar seguía allí, con el mismo nombre: Casa Benigna. Parada ancestral de casinos, entre los que había tratantes, madreñeros, y cazadores como Fernando. Aquello seguía igual, aparentemente. Detrás de la barra eran gente joven. Luego nos dijeron que las hermanas que lo atendían habían muerto. Pedimos unos vasos de vino para hacer tiempo mientras nos servia de comer. Nuestros ojos recorrían las paredes decoradas con cuernos de venado y viejos calendarios.

En una de las paredes, una fotografía en blanco y negro, representaba una partida de cazadores, con unos cuantos jabalíes y un venado. Dirigió Fernando su vista hacia ella, y señalando con un dedo a un hombre espigado y fuerte, de profundo bigote, me dijo: Mira, ese soy yo.

Solo por eso ya mereció la pena el viaje. Probablemente, el último del viejo cazador.

jueves, 8 de mayo de 2014

Cesar, el zuequeru de Orlé

Eran años de penurias y escasez en aquel pueblo de Caso, llamado Orlé.
Situado en una soleada ladera, resplandecía luminoso. Sus casas, algunas de buena construcción denotaban la riqueza que tuvieron sus poseedores. Recias paredes de piedra, columnas de piedra en sus portales, y trabajados corredores de cristal y madera se sucedían por las empinadas callejas, que retorcían su rumbo ascendiendo hasta la parte alta de la pendiente.
                                           Orlé

Cuanta la historia que fue señorío feudal  desde  el año 1200, hasta el último señor que ejerció como tal, D. Juan, el Conceyero, en 1860, cuya casa solariega natal estaba radicada en  el concejo de Villaviciosa. En ese año el coto de Orlé se incorporo al concejo de Caso.
Pero estas historias de gentes  de alta alcurnia, poco tienen que ver con el personaje que hoy tratamos, un ser humilde y cuya vida debió de ser de todo menos fácil.  Cesar Fernández Gómez : Cesar, el zuequeru, nació en ultramar. En Cuba, en el lugar de Marianao. Sabemos que su madre posiblemente  abandonó a la familia compuesta por el padre, Francisco, afilador gallego, y su hermano Antonio. No sabemos la causa, pero acabaron recalando en este pueblo casin, padre e hijos. El padre, primero, y luego los hijos, ocupaban  una humilde vivienda  y sobrevivían de trabajos esporádicos que realizaban para los vecinos. Francisco, era muy hábil injertando y como cantero, venían a buscarlo de muchos pueblos para ello. Murió en Orlé, y sus hijos debieron de sobrevivir por su cuenta. Antonio, el mayor acabó en el pueblo pongueto de Taranes, donde ejerció de guarda de caza, y Cesar continuo en el pueblo hasta su muerte.
Esto son pequeños y casi olvidados esbozos de su vida, recordados al encontrar una vieja foto recuperada en una perdida  caja del desván. En ella vemos a un hombre, de no mucha envergadura, pero fornido, que trae  a sus espaldas un rebeco. Levanta oblicua la mirada hacia el anónimo fotógrafo que en aquellos años paró su vista sobre aquella inusual estampa. Él parece sorprendido del interés que despierta. La imagen es hermosa por lo que nos cuenta. Hombre, animal, y naturaleza en perfecta simbiosis. Como una estampa de los hombres primitivos cuando regresaban de sus jornadas de caza, con las piezas al hombro.
Porque Cesar lo utilizaban unos señores que poseían en lo profundo de la montaña un pabellón, que aún subsiste, de caza. Un opulento chalet que hoy vemos discordante en medio de la hermosura del paisaje, y que cuando abatían rebecos ó corzos, él era el encargado de traer alguna pieza al hombro como vemos en la imagen. Cazaba de forma furtiva y también era un hábil pescador de truchas, que luego vendía y con lo que sacaba rápidamente se dirigía al bar de Orencio, a gastarlo en vino. El apodo de zuequero, le venía de su habilidad para fabricar madreñas ( zuecos)

                                                    Cesar, con un rebeco al hombro

Hablaba defectuosamente, pues le faltaba un trozo de lengua. Contaba que siendo pequeño y haciendo burla de su padre, este le propino una bofetada en el mentón, y como estaba sacando la lengua, al cerrar la boca cortó un trozo. Cosas que pasaban.
También se le recuerda restregando ortigas contra su cuerpo sin que estas  le produjeran ningún picor. Contaban los que le conocieron que en una ocasión que el vino le hizo perder el equilibrio, por su causa cayó en un ortigal del que salió totalmente lleno de ampollas. Quizás aquello sirvió de antídoto y quedó inmunizado para siempre.
Era invitado a todas las actividades propias del medio rural, como matanzas, sextaferias, cacerías, entierros y hasta bodas. Sin duda era un hombre, pese a su pobreza, querido por todos. También sabemos que llegó a tener una hija con una vecina del pueblo, aunque nunca se reconoció de forma “oficial” y por ello era provocado con sorna por sus vecinos, cuando le preguntaban ¿ en qué cama vas a dormir esta noche?
                                          Asturianada en el bar del pueblo. Angelin, a la gaita

Cuando me puse a pensar en el tema de este numero de la revista, me vino  a la memoria  aquella vieja fotografía, donde en una perfecta composición se nos ofrece una visión de lo que era la existencia  en los pueblos de Asturias, no hace tantos años. Todavía viven los que le conocieron, a ellos acudí con la foto para que me contasen su vida.

Esta es la historia de un buen hombre que un día fue inmortalizado por un grande de la fotografía en Asturias, Jose Ramon Lueje, montañero y fotógrafo. Al final nos queda ese hermoso documento gráfico como recuerdo de Cesar, el zuequeru de Orlé.

domingo, 23 de marzo de 2014

Los tratantes. El mundo ganadero a los ojos de un niño

Quizás muchos de nosotros no los haya visto ó no se haya fijado en ellos. En las ferias de ganado de nuestros pueblos destacan por llevar un mandilon amplio, azul ó negro. Es lo que los identifica sobre los atuendos y vestimentas mas ó menos rústicas del resto de la gente.

Gran parte llevan años ejerciendo esa actividad. Lo conocen todo sobre ella. Pasean, miran, hablan con unos y con otros, y cuando algo les interesa despliegan sus armas, que no son otras que la palabra medida, el regateo del ganadero que empodera  las reses, sobrevalorándolas, y la actitud de nuestro hombre quitándoles meritos. Al final, si los dos se entienden, el ganado cambia de dueño, tras un apretón de manos. Esa es la mayor garantía que se puede ofrecer. A su alrededor siempre se forma un corro de curiosos observando el trato, no se suele intervenir a no ser ofreciendo sus consejos para doblegar la voluntad de uno u otro. Que uno ceda de su pretensión, o que el otro aumente lo que ofrece. Todo esta calculado, y se sabe hasta dónde puede uno llegar. Hay una figura que antes era muy respetada, que era la del “terciador”. Solían ser hombres mayores que intervenían como lo hacen los actuales mediadores políticos. Cuando el trato se atascaba, su consejo se escuchaba con respeto. Al final, se juntaban las manos, los tres pares, y eso significaba que el trato quedaba cerrado.


 La “robla” en el bar cercano, alrededor de unos vinos ó sidra significaba el acuerdo satisfactorio para todos.Cuantos viajes con mi abuelo, al Mercaín de Caleao, después de levantarnos  casi de noche, Ya humeaba el café bien temprano en la cocina, anticipando el rito. Mi abuela nos preparaba unos torreznos de pan, para que el almuerzo aguantase el hambre si el día se nos alargaba.  Mientras, en la cuadra se preparaban los animales que íbamos a llevar, y salíamos de casa siguiendo los caminos que las golondrinas madrugadoras nos marcaban. Las vacas iban confiadas, parsimoniosas. Lo más probable era que no volvieran a recorrer esos mismos senderos, pero mientras tanto nuestros corazones iban al ritmo de sus pasos.

Al  tiempo ya llegamos al prado donde se celebraba la feria, el mugir de los animales, nerviosos e intranquilos, porque a muchos les habían quitado las crías, se confundía con las voces e imprecaciones de los aldeanos y el ruido de tractores descargando terneros y ovejas. También llevaban cerdos. Los hombres del mandilón negro iban de un lado a otro observando el “genero” en una primera inspección. Todos, sin excepción, llevaban una vara larga de avellano. La usaban para apartar animales, o darles encima del lomo para moverlos. Yo miraba aquel mundo nuevo para mí con los sorprendidos ojos de un niño en un mundo de mayores. Eso me hacía sentirme hombre adulto y también llevaba mi vara.
Al poco el prado de la feria era un mar de animales y de hombres, alguna, pocas mujeres, las mas para ayudar a conducir las reses al mercado. De cuando en cuando me pasaban la mano por la cabeza como señal de afecto, y en otra ocasión que me requirieron por mi nombre, me susurro al oído que lo dijera despacio, pues  me dijo que no pueden gritar el nombre de los críos para que no se lo aprendan las culebras. Eso a mí me sorprendió mucho.
Al cabo de un tiempo vi volver  a mi abuelo con las cuerdas de los cabezales en la mano, como único recuerdo de las dos vacas que llevamos. Supe que ya no volvería a ver a la Mariella y la Galana, y sentí  pena. Pase rápido la mano por los ojos para que nadie notase las lágrimas que también querían despedirse de las vacas. Me soné con el pañuelo, y puse el disfraz de hombre.
Mi abuelo me cogió de la mano y nos dirigimos al cercano bar con la barra llena de clientes, me miró y me dijo : Cuando vendas, vende bien. Y nunca te olvides de devolver a casa la cuerda con que trajiste la vaca. Las vacas son así, cuando el sol se muere en la memoria, siempre vuelven a que las ates en el pesebre de tu corazón.

El camino de vuelta a casa, lo hicimos realizando dos o tres paradas en las ventas que íbamos encontrando por el camino. Mi abuelo, parecía contento, quizás ayudaban los vinos y las rondas que tomaba en la compañía de los que como él  habían bajado a la feria. Yo no tenía sed, pero me invitaba a refrescos y golosinas. Aunque estaba cansado, me sentía bien en un mundo de “hombres”.
Al llegar a casa, lo primero que hicimos fue colgar en la cuadra las cuerdas con que llevamos amarradas las vacas. Las dejamos en los pesebres, ahora vacios, como preguntando donde estaban las que faltaban.
Mientras mi abuela nos llamaba a voces con la cena puesta en el escaño, frente al fuego.
Es triste y estéril hacer alabanza del pasado, pero cuando no se entienda nada de esto, será tarde, quizás demasiado tarde.


sábado, 1 de febrero de 2014

El alimañero

Antes, las cosas eran diferentes. Yo, era un Dios. Se me quería, se me respetaba. Yo intervenía en la naturaleza. Ella y yo éramos una misma cosa. La vida de los que nos dedicábamos a cazar alimañas era muy dura. Salías de noche de casa, no importaba el tiempo que hiciera. Atravesabas terrenos difíciles, incluso peligrosos a la caza de la pieza que se resistía a dejarse ver. Pero yo sabía perfectamente ir tras ella,
 y era tenaz lo que fuera necesario.
                                                    Carnet de alimañero

Aquella mañana de primavera subí temprano al monte Contorgan. El lago Ubales mostraba su serena belleza solo interrumpida por la brisa que movía con diminutas espirales las tranquilas aguas del pequeño lago. A lo lejos saltó nervioso un rebeco. Lo deje ir. No era mi pieza. Traspasada la collada se extendía ante mí una sucesión de paisajes donde los árboles y praderías parecían no tener fin. Justo debajo del Torres las cabañas de la majada de los Moyones señalaban que allí en algún momento hubo vida. Ahora con el otoño avanzado y la nieve dando señales de su presencia, los últimos pastores habían bajado con el ganado a los pueblos cercanos. Solo el cazador y el paisaje habitaban aquellos parajes, aunque en los más escondidos rincones muchos ojos de todos los tamaños estaban posando su mirada sobre él. Después de observar el sentido de la suave brisa que movía perezosa el humo del tosco cigarrillo que transitaba por mis labios, hasta acabar retorcido, pisado por las botas de goma entre la hierba. Avancé despacio, ahora todo tenía que ser sigiloso, sin ruidos. Poco a poco fui trasponiendo un pequeño cerro, acercándome a una montaña rocosa en cuya ladera corría un humilde riachuelo de saltarinas aguas. Pise con cuidado y lo traspuse. Una gran haya con una cohorte de acebos, formaba un espacio singular. En el medio, un pequeño prado parecía ofrecer la jugosa hierba a todos los animales que quisieran disfrutarla. Era realmente un sitio precioso. Buen lugar, para cuando te llegue la hora, reposar eternamente, pensé. Pero yo había ido allí a algo, y mi atención tenía que ser solamente esa. En una oquedad de la roca, la hierba estaba pisada, había incluso restos de algún hueso. Era claramente la guarida de un animal y seguro que la estaba usando. Podía percibir el olor agrio y montés de la alimaña. Lancé una rama a la cueva, y esperé en silencio. Solo se escuchaban unos leves chillidos en su interior, intermitentes, como implorando algo, con miedo. Ahora, estaba seguro que la madre no estaba por allí, posiblemente estuviera cazando para alimentar a su prole. Me acerqué, saqué la vieja linterna de petaca y la luz penetró en la oscuridad. Cuatro pares de reflejos, devolvieron la amarilla luz de la candela, y por un momento todo se hizo silencio. Yo actué rápido, la madre loba podría volver en cualquier momento. Fui sacándolos de dos en dos, sintiendo los alfileres de sus colmillos tratar de herir mis manos. Al final, cuatro lobeznos fueron depositados en el zurrón que llevaba para ello. Rápidamente me aleje del lugar, ahora sabia que estando lejos de la cueva la loba no se atrevería a defender sus crías, pero si podría hacerlo
en el momento de cogerlas, y acelere el paso.
                                                                              Con un lobo cazado en Contorgan

 La casa de La Puentepiedra acoge ahora nuevos inquilinos que se muestran desconfiados en su nuevo hogar. Los deposité en unas jaulas que tengo precisamente para ellos. En alguna ocasión llevé algún lobo a ferias y mercados sacando buenos cuartos, por cierto. La mastina de casa, es muy buena y los mira con curiosidad, a veces me acompaña en mis incursiones, pero hace poco que parió dos perros y la dejo que los crie. Ahora, tendrá que mostrarse generosa y acoger cuatro bocas más, que seguro que lo hace, aunque habrá que aumentarle la ración. Esta es la vida que me gusta, pero cuando me llegue la hora, me gustaría reposar para siempre en estos montes, y que la gente se acuerde de mí.  De Domingo el de los llobos.

viernes, 31 de enero de 2014

Solo asi me cogereis

En las arcaicas comunidades rurales se practicó siempre la caza furtiva, principalmente por puros motivos de subsistencia. Las vacas y los cerdos tenían otros destinos y los animales salvajes abundaban. Cazadores expertísimos desarrollaban todas sus habilidades para burlar a los guardas. Hoy, con las modernas herramientas de detección invisibles, poco valen sus habilidades, totalmente inservibles ante los avances tecnológicos. Esta es la narración acaecida hace pocos meses de uno de esos lances.
La noche cubría espesa el hayedo. Nada mas se oía la sinfonía nocturna de los sonidos que solo el que acostumbra a deambular por esos lugares sabe interpretar. Naturaleza y hombre eran una misma cosa, la primera imponía sus normas y el segundo buscaba resquicios para aprovecharla.
Entre la hojarasca, algo se revolvía con furia. Se escuchaban los bufidos violentos del animal que le habían privado de libertad. El hombre se acercó con cautela. Sus ojos divisaron la pieza intentando zafarse de algo que le sujetaba la pierna. El lazo era resistente, y aguantaba los tirones, hasta que un fuerte golpe en la cabeza acabo con su vida. Después la hoja del cuchillo buscó el cuello y en pocos momentos el ritual de la caza había terminado. Con el jabalí al hombro, fue descendiendo por los intrincados senderos que adivinaba en la profunda oscuridad del monte. Muy pocos lo conocían como él. Estaba seguro que nadie iba a saber que había estado allí, y que había cazado. Era un cazador. El mejor cazador… furtivo. Los guardias forestales lo habían intentado todo para cogerle, pero había sido imposible. El monte era su casa, y lo conocía mejor que nadie. Estaba seguro que de igual a igual les seria impensable que diera un paso en falso. El adivinaba por donde estarían los bisoños guardas forestales, incluso les dejaba pistas falsas para alejarlos de su territorio, y siempre le funcionó esa estrategia. Quizás, si hubiese tenido que convivir en el duelo con sus antiguos compañeros de caza, luego convertidos en guardas, vista la incapacidad de luchar contra ellos por parte de la administración, la cosa no seria tan sencilla. Sabían las mismas estrategias que él, y seguían las mismas normas de acecho, aprendieron juntos unos de otros. Pero estos no. Solían ser chavales jóvenes, y con muy poca experiencia en la lucha contra el astuto cazador nativo. Una generación de cazadores ilegales, se aprovechó de que en aquel momento la guardería no disponía de agentes cualificados de montes, y de un plumazo acabó con el furtivismo, protagonizado por los que ahora eran flamantes guardas “legales” y de paso incorporó gentes con una experiencia de campo, que no de academia, sin parangón. Una jugada perfecta. Hoy, ya no queda nadie de aquella época, y si quedan están jubilados. Pero si cazadores curtidos, lugareños para los que el monte es su segunda casa, que llevan en los genes la aventura de cazar solos. Como mucho, la noche es la única compañía que aceptan. Lo hacen porque la caza es la emoción máxima con la que disfrutan, dejando aparte algún caso de beneficio económico, que también existe. Como el escalador, que se enfrenta a la cumbre de alguna peligrosa montaña, aún a sabiendas de que puede costarle la vida el reto. Son razones que solo estas personas pueden entender. Nuestro hombre, unos días después de esta aventura, descuelga el teléfono para atender una llamada. Al otro lado de la línea, el comandante del puesto de la Guardia Civil, lo conmina a presentarse en el puesto de inmediato. Nuestro hombre esta desconcertado, intuye que algo no va bien. El comandante no quiere darle ninguna otra explicación, solo le urge que se presente. El retrato del Rey, impregnaba la sencilla habitación del puesto de una atmosfera muy solemne. El hombre no estaba cómodo, mientras los ojos del comandante y el sargento se posaban sobre él. Le preguntaron si había salido de caza últimamente, lo cual negó, con convicción. Los dos agentes se miraron entre sí. Luego el de más autoridad le amenazó con un severo castigo si no confesaba la verdad. La presión aumentaba, y el cazador estaba seguro que “ellos” sabían algo de su última salida nocturna, pero no adivinaba como era posible ese hecho. Había tomado todas las precauciones, no podía haberle visto nadie, porque entró en el dormido pueblo todavía de noche, y escondió su pieza en un cobertizo que solo él conocía, ni siquiera su mujer sabia el lugar. El sargento se levanto, abrió la puerta, y volvió poco después con un sobre, de él extrajo unas fotografías que mostraban claramente a nuestro hombre soltando el lazo, y cargando la pieza al hombro. Era un documento irrefutable. No existía posibilidad de disculpa, pero dentro de su cabeza, daba vueltas como era posible que en la negrura de la noche unos “ojos” que no detectó, hubiesen podido verle y ahora estuvieran acusándole desde aquella mesa oficial. No entendía nada. Luego, yo, después de unos días, en la tranquilidad de su casa, delante de un café, trataba yo de explicarle que de “igual a igual” nunca serian capaces a vencerle, pero que a veces los conocimientos ancestrales de los habitantes de los pueblos de Asturias, no tiene mucho que hacer con la moderna tecnología que igual te localiza las vacas por GPS ó te anuncia nieve a 200 ms, que te pilla en medio de la mas negra oscuridad haciendo algo que esta prohibido ahora ,aunque lo hubiesen realizado sin castigo durante generaciones pasadas. No existe escapatoria. Contra eso no valen para nada sus conocimientos del monte y comportamiento animal, mientras haya unos ojos secretos que lo vigilan sin que él lo perciba. ( Los hechos son totalmente ciertos, aunque omitimos los nombres por razones obvias)